Tras reconstruir en los dos artículos anteriores las raíces madrileñas de la familia Cansino —primero a través de su abuelo Antonio Cansino y su academia de baile en la calle de la Encomienda, y después siguiendo la trayectoria de su padre, Eduardo Cansino, desde Lavapiés hasta el vodevil americano— llegamos ahora al centro de esta historia: Rita Hayworth.
Cuando pensamos en Rita Hayworth, la imagen que se impone es la del Hollywood dorado: Gilda, el guante negro, la melena pelirroja y una sensualidad convertida en icono universal. Sin embargo, detrás de ese mito existió Margarita Carmen Cansino, nacida en Brooklyn en 1918, hija de una familia de artistas españoles marcada por la emigración, la disciplina y un legado forjado muy lejos de los focos.
Rita no nació en Lavapiés ni caminó por la calle de la Encomienda. Pero su formación, su manera de moverse y su relación con el escenario procedían directamente de ese Madrid popular en el que se habían formado su padre y su abuelo. Antes de ser actriz fue bailarina, y antes de enfrentarse a una cámara aprendió que el arte era un oficio duro, exigente y sin concesiones.
Su padre, Eduardo Cansino Reina, había crecido entre academias y teatros del Madrid obrero. Niño artista primero, bailarín profesional después, emigró a Estados Unidos en 1913 llevando consigo un método aprendido en los escenarios más ásperos del espectáculo popular. En América, ese método no se suavizó: se intensificó. Rita fue entrenada desde muy pequeña en la danza española, actuando profesionalmente antes de cumplir los doce años como parte del número familiar The Dancing Cansinos.
Aquella infancia estuvo completamente subordinada al trabajo. Ensayos diarios, giras constantes y una disciplina extrema marcaron su carácter. Las biografías posteriores han señalado que esa exigencia no fue solo artística, sino también emocionalmente destructiva. Rita creció sin una vida propia, sin escuela ni amistades estables, moldeada para el escenario y el aplauso desde la niñez.
Cuando Hollywood se fijó en ella en la década de 1930, lo hizo atraído por su belleza. Pero lo que la distinguía de otras actrices era algo menos visible: una educación corporal excepcional. Su musicalidad, su precisión gestual y su forma de ocupar el espacio tenían raíces claras en una tradición española transmitida de generación en generación. Aquello que Hollywood presentó como magnetismo natural era, en realidad, el resultado de años de trabajo precoz.
La industria se encargó de borrar ese origen. Margarita Cansino se convirtió en Rita Hayworth; el apellido español desapareció, el cabello se tiñó, la historia familiar se simplificó. España quedó reducida a un decorado exótico, y Lavapiés desapareció por completo del relato. El barrio donde se había forjado el método que la sostuvo nunca fue mencionado.
El éxito fue inmenso, pero también lo fue el precio. Tras Gilda, Rita Hayworth se convirtió en el símbolo erótico de una época, atrapada en una imagen que nunca eligió del todo. Sus cinco matrimonios —entre ellos, los célebres con Orson Welles y el príncipe Ali Khan—, su fragilidad emocional y su progresivo aislamiento revelan la distancia entre el mito y la persona. “Todos los hombres se acuestan con Gilda, pero se despiertan conmigo”, diría ella misma, resumiendo esa fractura.
En sus últimos años, la enfermedad y el olvido sustituyeron al aplauso. Murió en 1987, lejos de los focos que la habían convertido en diosa. Solo entonces comenzó a reconocerse la tragedia humana que había detrás del glamour.
Rita Hayworth fue Hollywood, sin duda. Pero también fue, de manera invisible y no reconocida, el resultado de una tradición popular nacida en el Madrid obrero. Reconocer ese origen no reduce el mito: lo humaniza. Y devuelve a Lavapiés —aunque nunca aparezca en los títulos de crédito— un lugar en una historia que terminó siendo universal.
Carlos Sánchez Tárrago
