Opinión

Pongamos que hablo de teatro…… y la fe en la palabra

By 4 de junio de 2026No Comments

Queridos amigos y amigas:
En junio llega el papa a Madrid y, como ocurre siempre que la Iglesia entra en escena, volveremos a ver algo que el teatro conoce muy bien: grandes ceremonias, silencios perfectamente medidos, vestuarios imposibles, público emocionado y gente opinando, aunque no haya conseguido entrada.
Porque si algo ha entendido siempre la Iglesia es el poder de la puesta en escena.
Mucho antes de que existieran las campañas de comunicación, las giras internacionales o las experiencias inmersivas, ya estaban allí el incienso, la iluminación dramática, la música en directo y el misterio cuidadosamente administrado. La Iglesia inventó muchas cosas. Entre ellas, probablemente, el primer sold out emocional de la historia.
Y el teatro, en el fondo, siempre la ha mirado con una mezcla de admiración y competencia. Porque ambos espacios comparten algo esencial: reúnen a desconocidos en silencio para hacerles sentir cosas difíciles de explicar.
Uno sale de misa diciendo “me ha removido”. Uno sale del teatro diciendo exactamente lo mismo. La diferencia es que en uno te dan la paz y en el otro, a veces, te cobran una copa al salir.
Pero quizá lo más interesante no está en los rituales, sino en las mujeres que escribieron desde dentro de ellos. Ahí aparecen santa Teresa y sor Juana Inés de la Cruz, dos autoras que hoy serían, probablemente, pesadillas absolutas para cualquier departamento de comunicación conservador.
Santa Teresa tenía humor, carácter y una capacidad narrativa que ya quisieran muchos dramaturgos contemporáneos. Uno lee Libro de la vida esperando solemnidad y se encuentra con una mujer llena de contradicción, inteligencia y muchísimo sentido práctico. Teresa hablaba con Dios, sí, pero también se quejaba del frío, de los viajes y de la convivencia. Bastante actriz de compañía, en realidad. Y en Las moradas convirtió el alma humana en un escenario lleno de habitaciones, dudas y pasillos interiores. Puro teatro psicológico siglos antes de Stanislavski.
Y luego está sor Juana Inés de la Cruz, que directamente parecía adelantada tres siglos a su tiempo. Monja, escritora, intelectual, poeta y dramaturga. Es decir: una mujer peligrosísima. Mientras muchos hombres de su época explicaban el mundo, ella ya lo estaba cuestionando con ironía, talento y una lucidez incómoda. Ahí están Los empeños de una casa o El divino Narciso, donde mezcló humor, inteligencia y crítica social con una modernidad que todavía sorprende.
¿Y qué me dicen de estos versos?

Yo no estimo tesoros ni riquezas;
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi entendimiento
que no mi entendimiento en las riquezas.

Versos, que dicho sea de paso, siguen resultando bastante revolucionarios.
Porque el teatro y la Iglesia llevan siglos compartiendo territorio: el del relato, la emoción y la necesidad humana de creer en algo durante un rato. Creer en un personaje, creer en una historia y creer en que todavía existen lugares donde merece la pena detenerse. Y eso, en estos tiempos, casi roza el milagro.
Vivimos acelerados, mirando pantallas, saltando de una cosa a otra con la concentración de un mosquito con wifi. Sin embargo, todavía hay personas que entran en una iglesia o en un teatro y aceptan algo rarísimo: permanecer quietos más de una hora. Sin móvil. Sin pausa. Sin mirar notificaciones. Fe absoluta.
También hay algo muy parecido entre un actor y un predicador: ambos saben que el texto, por sí solo, no basta. Hace falta presencia. Ritmo. Voz. Mirada. La capacidad de sostener la atención de una sala llena de personas que podrían estar pensando en cualquier otra cosa, incluido si dejaron descongelando el pollo. Eso sí es un acto de fe.
Quizá por eso los teatros siguen teniendo algo de templo. No por solemnidad, sino por la necesidad colectiva de compartir una experiencia en vivo. De mirar juntos hacia el mismo lugar durante un rato. De emocionarnos al mismo tiempo, aunque no nos conozcamos. Y quizá por eso seguimos necesitando actores.
Así que, cuando el papa llegue a Madrid y la ciudad vuelva a llenarse de símbolos, ceremonias y grandes relatos, quizá convenga recordar que el teatro lleva siglos trabajando exactamente con los mismos materiales: la palabra, el silencio, el cuerpo y la necesidad humana de creer que algo todavía puede conmovernos. Aunque solo sea durante una función.
Nos leemos el mes que viene.

 

Esther Bravo