Alejandro Flórez-Estrada Vergara
Nunca escribí ninguna carta a los Reyes Magos porque siempre, por puro instinto, supe la demoledora verdad: eran papá y mamá. Eso sí, que conste en acta que para otras cuestiones me consideraba el crío más cándido de Lavapiés y hasta del mundo. Tampoco, a medida que fui creciendo y maleándome, recé a ningún dios oficialista y de ceño fruncido, ni invoqué la ayuda del socorrido santo de turno cuando me hallaba en una encrucijada, ni siquiera al Niño del Remedio, por el que mi madre sentía auténtica devoción. Los reclinatorios no estaban hechos para mis rodillas, los pecados se los confesaba ya macerados y edulcorados a mi quisquillosa conciencia y de las penitencias, aunque solo consistieran en unos cuantos padrenuestros inofensivos, me declaraba exento porque me sonaban a autoflagelación.
He sido escéptico e incluso desdeñoso en materia de fe y espiritualidad, quizá demasiado, y ahora, en estos tiempos de vacíos vitales, me arrepiento de haber ido de soberbio y trato de enmendar sobre la marcha semejante carencia. No quiero vivir a ciegas, tanteando en la superficialidad, adulando a cualquier indeseable metido a adoctrinador, agarrándome a la televisión y sus serviles todólogos, a los politicastros más afiebrados y sus soflamas para forofos, a la virtualidad y sus algoritmos sin alma. Anhelo observar la realidad con una mirada lo menos contaminada posible y no dejarme llevar por el caos de esta época tan rara, atascada en la falsedad, la porquería y el fanatismo.
¿Cómo obrar para que mis miedos no me anulen? Me urge fortalecer mi interior, que nada del mundo me produzca indiferencia, ni su belleza ni sus horrores, y conectar a la vez con lo intangible y con la gente que sufre y se siente desamparada. Necesito involucrarme en los verdaderos procesos sociales, los que mejoran la vida de los ciudadanos, y desechar lo impostado, lo sectario y trucado, ese teatrillo con bilis que solo sirve para levantar muros y cebar odios. Ya es hora de cuestionar con más firmeza que nunca a los psicópatas con poder y sus relatos, el cinismo que destilan justificando las injusticias que ellos mismos provocan y la impudicia con la que abrazan la putrefacción ética en detrimento de los principios.
Pero la humanidad sigue descomponiéndose entre una violencia que no cesa y los negocios obscenos que surgen alrededor de las tragedias. Es entonces cuando me gustaría recibir algo de esperanza de algún dios generoso que atienda mis ruegos y me revele cómo combatir la sinrazón que invade el planeta, qué acciones podemos acometer los vecinos de Lavapiés para, unidos y concienciados, al menos transformar la realidad más cercana, revertir la degradación del barrio, rechazar la normalización de la pobreza y llegar a ver unas calles que no marginen a nadie, unas plazas para juntarnos y conocernos, una convivencia solidaria, una vejez sin soledad. Hablo de un ser luminoso, en verdad inspirador, a quien mostrarle mis demonios y que, mientras le rezo a mi manera desde lo más profundo de mi agnóstico corazón, me empuje a creer que un pueblo insumiso es aún capaz de grandes proezas.
Y mi modesta hazaña será no cejar en el empeño y buscar con ahínco a ese dios magnánimo, ubicado por convicción en el contrapoder, que me insufle energía y me ayude a dar sentido a mi vida. Debo, pues, negarme a caer entrampado en esa estúpida resignación presentada como mal menor, en la cobardía intelectual que nos arrastra a pensar que ninguna causa merece la pena porque todo ya está escrito de antemano y siempre ganan los mismos: los canallas que juegan con nosotros. Me niego, sí, ya que si bajara los brazos estaría traicionando aquello que oía decir a mis padres: «La lucha consiste en abrir bien la mente para que fluyan las ideas y la coherencia, y ningún desaliento nos derrote».
Así que, con la insistencia del que ansía un rumbo, iré en busca de un dios particular que me llene de valor cuando me sienta asustado y de clarividencia cuando no acierte a zafarme de mis miserias y mis cegueras. Y lo encontraré dentro de mí, ojalá, y me encomendaré a él porque no quiero vivir sin esperanza.
