Opinión

Fuera de la realidad

By 4 de junio de 2026No Comments
Mguel Ángel Carreño Jiménez. Fuera de la realidad

Toda estructura humana en su proceso tiende a la concentración del poder y la humanidad a la apertura de su conciencia y a la superación de las condiciones oprimentes. Por eso, es vital un tipo avanzado de coordinación social a salvo de toda concentración de poder, sea esta privada o estatal.
Hoy se han debilitado aún más los ya defectuosos mecanismos de control social sobre el poder. La usurpación del aparato estatal por una minoría cada vez más poderosa está invirtiendo el sentido de las instituciones democráticas. Llegamos a la paradoja de que aparatos diseñados para salvaguardar la libertad, la paz, y mitigar las desigualdades se convierten en herramientas de opresión, violencia arbitraria y empobrecimiento de la población. Esta apropiación proviene tanto de un poder estatal autoritario como de un macroeconómico paraestado privado que ha parido un monstruo llamado “colaboración público-privada”, donde lo público ha quedado sumergido en intereses privados y el capitalismo más delirante no puede sobrevivir sin las estructuras y ayudas estatales.
En este escenario surgen fuertes tendencias por trepar a la cúspide social desde la que parece que se maneja todo. Los más ambiciosos escalan por esa torre de Babel no dudando en despeñar a quien haga falta. Los que quieren “adaptarse” se conforman con arrimarse al sol que más calienta, practicando un servilismo que traiciona cualquier tipo de coherencia o libertad personal. La mirada se pierde hacia las alturas, hacia poderes abstractos de decisión, apartándola de los problemas reales de la gente. Se deja de tener los pies en la tierra y se pierde la conexión con la base social, originando multitud de desequilibrios en las organizaciones.
Condicionado por mi paisaje de formación, siempre pensé que era más normal que las derechas apoyasen al poder económico, político, lo privado, y las izquierdas se decantasen por lo público y la gente más desfavorecida. Pero la traición a los barrios obreros, al sector agrario y ganadero, las medidas tomadas durante la operación covid en la pandemia y las políticas de apocalipsismo climático de la Agenda 2030 secundadas con absoluta sumisión por esta pseudoizquierda dinamitaron mi creencia. Sigo sin ser de derechas, pero tampoco me siento ya de izquierdas, sino de un gran sector que se siente huérfano político y estafado por facciones de todo signo. Creo que derecha e izquierda siempre han formado parte de un eficaz motor de dos tiempos para la perpetuación del poder en el dominio social y el control de recursos. A través de la izquierda se imponen cambios impopulares que así reciben baja contestación social. Una vez afianzados, a través de la derecha se expanden y si hay respuesta ciudadana se reprime duramente.
En el autodenominado “bloque progresista” convergen objetivos globalistas con el soberanismo más insolidario y excluyente. Una casta que gobierna a favor de los intereses de los poderosos horadando los derechos sociales sin apenas resistencia ciudadana y acabando con la casi inexistente clase media. Su estrategia ha consistido en crear continuos conflictos sociales, enfrentando a trabajadores pobres y subsidiados más pobres, españoles y migrantes, clases activas y pasivas, hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales, jóvenes sin futuro y pensionistas, ateos y católicos… Un gobierno acorralado en su propia inmundicia, con su máquina del fango a tope para desviar la atención de la corrupción y la posible financiación ilegal del PSOE a través del tráfico internacional de petróleo y oro, afectando intereses geoestratégicos de potencias como China y Estados Estados.
Hace mucho tiempo que se debería haber ido esta pseudoizquierda, que vende un relato de crecimiento macroeconómico a golpe de fondos europeos mientras la microeconomía se hunde, los salarios más habituales llevan años casi congelados y los precios de los alimentos básicos se desbocan; que alardea del descenso del paro inflando el número de funcionarios; que ante la falta de vivienda azuza la ocupación de las casas de la clase trabajadora (expropiación encubierta hacia grandes fondos) en lugar de promover la construcción de vivienda pública, y que mientras impulsa la inmigración masiva que se asienta en los barrios obreros se refugia en chalets de lujo donde poder cargar sus coches eléctricos de 80.000 euros.
Un relato de ingeniería social fuera de la realidad, de la realidad de la calle, la más humana, del día a día.

Miguel Ángel Carreño Jiménez