Diario. Entrada del 18 de diciembre
El doctor me dice que en los episodios psicóticos emerge, en la consciencia, una voz inferior, o voz menor, que coexiste con el pensamiento normal y que suele estar en desacuerdo con él. Algo así como dos músicos que se pelean por el solo en la orquesta. Lo propio de los momentos críticos es no diferenciar estas voces y asumir que la voz menor o patológica es un producto natural del psiquismo. Estos son los automatismos. ¿Por qué se les llama así?, le pregunto, pues porque son pensamientos que dan la impresión de surgir y desarrollarse por sí solos, me dice. Fíjese, no sucede lo mismo con sus pensamientos normales, es decir, con los que aparecen a lo largo del día, pues con respecto a ellos usted intuye, tiene la ilusión de controlarlos y dirigirlos. A través de estos pensamientos, los normales, usted evoca la memoria de todo aquello que desea y reconoce como suyo, estos son los pensamientos que pertenecen a su yo. Los otros, en cambio, son de otro orden, usted sabe…
Son las dos de la mañana. No puedo dormir. Ha sido un servicio intenso y varias cosas extrañas han pasado. El Capitán estaba de buen humor y cada que me miraba se reía. Creo que me espía, que escucha lo que digo y lee lo que escribo. Hace unos meses me mandó un mensaje para que participara en un grupo de cocineros. Acepté. Error. Lo he dejado entrar. Ha instalado una aplicación para saber dónde estoy, qué digo y con quién hablo. Lo sé. Es por eso por lo que menciona cosas que yo no le he contado. Se lo dije a Susan al final del servicio. Ella dice que desde hace unos días siente exactamente lo mismo. ¿A ti también te puso en el grupo?, le pregunté, sí, me dice, en uno de trabajadores de hostelería. Nada peor que un paranoico siguiendo el delirio de otro paranoico. Tengo que dejar el grupo de cocineros, borrar el chat y reiniciar el teléfono. Lo grave es que instalé la aplicación de mensajería en el computador y ahora él tiene acceso a todo lo que escribo. Es más, sé que puede leer lo que en estos momentos escribo, ¿hola?, y lo más probable es que esté actuando de acuerdo con lo que yo estoy diciendo aquí, ¿te estás riendo de mí? Me sigue. ¿Es él mi personaje o soy yo el personaje del Capitán? ¿Está creando su personaje a través de mí, o bien mi personaje ha cobrado vida para él? Si digo que el Capitán no vendrá hoy al restaurante y que no tendré que verlo, ¿eso será lo que pasará?, o a lo mejor él, sabiendo esto, decida llevarme la contraria y preparar una nueva situación sobre la que horas más tarde yo escribiré, creyendo que en el silencio de mi casa nadie me observa. Es él quien me dicta el orden de las palabras, es él quien tira de los hilos más allá. De hecho, ¿por qué escribo? ¿Quién me ha dicho que debo tomar nota de lo que sucede en el Barco? Alguien me escucha. Y ese alguien, cuyo nombre no debo mencionar a partir de ahora, me sigue, sigue una a una estas líneas, lo sé, es él quien ordena y prepara todo antes de que yo aparezca, es un montaje, lo sé, él quiere que yo tenga la impresión de estar viviendo una vida como la de los demás y cuando creo que estoy solo, conmigo mismo, en esa situación que suelen llamar “de intimidad”, me dicta lo que debo escribir, me ofrece un escenario y se encarga de poner a mi disposición todo lo que después volcaré sobre estas páginas. Al final del día, aun cuando he llegado a casa, sigo trabajando para él.
Han pasado nueve meses desde que empecé a trabajar en el Barco. Le he dado un ultimátum al Capitán: o me haces el contrato o vamos a tener esta conversación entre tres, haciendo referencia a la inspección de trabajo. He devuelto a su gestor la primera versión. Me ha dicho que es lo que dice el convenio. Y yo le he preguntado quién establece el convenio, que si ha visto al presidente de los hosteleros decir que trabajar hasta sesenta horas semanales es normal. Pues no habéis entendido nada.
Matías Kítever
