Por Manuel Reñones Prieto
Hemos perdido la capacidad de aventurarnos a entrar en una sala de V.O.S. con los ojos cerrados, algo que podríamos perpetrar hace unas décadas con frecuencia ahora para nosotros supone una temeridad reprochable. Y lo es porque disponemos de tanta información previa que prácticamente hemos perdido la virtud de la sorpresa. Leemos críticas aquí y allá, analizamos los pormenores del rodaje, la reacción de la prensa antes de su estreno, pódcasts con el director y el cuñado de la script, reels amarillistas y, por supuesto, comprobamos qué nota merece en Filmaffinity. Después de todo esto, el margen para los descubrimientos, para esa sensación inclasificable de haber encontrado algo que antes no estaba ahí, algo así como una victoria, ya no existe. A veces me esfuerzo por mantener esta costumbre, casi siempre huyendo de los estrenos blockbuster con los que nos apuntan a la cabeza todos los meses, trato de dar un rodeo y escarbar entre las proyecciones de los Renoir o los Golem películas de cine europeo o asiático o simplemente que no pertenezcan a la tiranía de la industria hollywoodiense. Casi siempre se puede encontrar en cartelera una película como Les Musiciens. Film francés, con buen funcionamiento en su taquilla nacional, las típicas cuatro o cinco estrellas concedidas por los críticos a sueldo y algunos premios internacionales. Lamentablemente en las aventuras existen las victorias y las derrotas, y en este caso es una derrota, una pequeña, sin demasiados daños. Uno de los personajes en un momento del metraje resume en una frase de su diálogo las mejores intenciones del director: “Compuse esta partitura para escapar del yugo de las palabras”. Sin embargo, fracasa. Pese al amor y el respeto que destila esta cinta por la música, no consigue que sea su vehículo narrativo, sino más bien una descripción de paisajes al servicio de un guion que manipulan unos personajes tibiamente construidos y una historia cliché sobre un grupo de personas que se proyectan hacia un futuro evento, el cual depende de sus habilidades y entrenamiento, o sea, que puede ser Rocky, Los chicos del coro o un número infinito de películas que ya hemos visto. Por el medio aparece la figura del mediador, el vector que aporta una nueva perspectiva en los conflictos de los personajes y les invita a enfrentarlos desde la posición de otro. Buenos propósitos, apáticos resultados.
Cuando Truffaut se rebeló contra el academicismo del cine francés en su época supongo que no imaginó que, tras hacer la revolución, más de medio siglo después los directores franceses no se atreverían a salir de los corchetes de la típica película de domingo y que, en vez de poner el corazón y las entrañas en las salas de cine, nacionalizaran un estilo correcto y devastadoramente vacío.
