Miguel González
Es tu vientre, mujer,
germen fecundo de vida,
del que Dios te dotó
para el amor y la alegría.
Das a luz tu criatura
de tus entrañas nacida,
y tus brazos amorosos
la protegen y la abrigan.
Es mi mayor deleite
tu deliciosa sonrisa,
que alivia mi alma
de tristezas y de cuitas.
Este pobre poeta loco
estas líneas versifica,
para decirte sincero
¡lo que para él significas!
espero esperanzado
le des buena acogida.
(…)
Quiero decirte, mujer,
y déjame que lo escriba,
que es grande mi deferencia,
mi aprecio y mi estima
a tu singular belleza
y a tu ser sensitiva,
y que no te dejaré
nunca jamás en la vida
abandonada, aislada,
huérfana o desatendida,
y pondré todo mi empeño
en hacerte compañía,
lo mismo en tu primavera
que en tu edad tardía.
(…)
Ningún saber en el mundo
para nada rectifica,
que eres madre de tus hijos
y por ellos sacrificas
salud, alma, condición,
edad, espíritu y vida.
Para que luego digan
malas lenguas que no eres
de pies a cabeza digna,
y con todos tus derechos
la vida plena te indica
que eres merecedora
de precios e insignias,
por tu labor sin igual
en pro del ser y la vida.
Bueno, mujer, ya termino,
este poema se termina.
Se reafirma mi fe
en tu ser y en tu vida.
(…)
Este poeta se despide,
esta es la última línea.
