Juan Miguel Nogués García
Con los medios tecnológicos de hoy día cualquiera con un click accede a cualquier imagen que le sea de su agrado e inmediatamente, con otro click, puede acceder en vivo y en directo a imágenes en donde se está cometiendo un auténtico genocidio. Ello se ha producido en un breve espacio de tiempo.
Toda la arquitectura internacional surgida de la Segunda Guerra Mundial para regular los derechos humanos es objeto de una ofensiva frontal contra el derecho internacional y contra todas las herramientas e instituciones surgidas para la solución de conflictos. Así, se ha atacado al derecho de inviolabilidad contra la persona del presidente de Venezuela con una invasión ad hoc, procediendo a su detención por otro Estado y puesto a disposición de la jurisdicción de ese Estado. También se ha atacado y asesinado al jefe del Estado de otro país, Irán, en una agresión producto de las ansias colonialistas sobre los recursos naturales, en particular los derivados del gas y el petróleo.
Todas estas acciones, a las que hay que unir el genocidio que se está produciendo en Gaza, han dejado al descubierto las costuras del derecho internacional desarrollado hasta el momento presente, pues la comunidad internacional en su totalidad no sabe cómo enfrentarse a tan brutal agresión. Karl Jaspers expresó sobre el Holocausto: “Lo que ha sucedido es un aviso. Olvidarlo es un delito. Fue posible que eso sucediera y sigue siendo posible que en cualquier momento vuelva a suceder”. Esta sentencia no se aleja de la realidad que estamos viviendo, donde se están materializando múltiples situaciones de violencia generalizada, aunque no es nueva, pues sobre Gaza se lleva ejerciendo una violencia estructural durante décadas contra el pueblo palestino.
Estas ofensivas van más allá, pues de lo que se trata es de deslegitimar y perseguir a las instituciones del marco de la Naciones Unidas, como es el caso de la Corte Penal Internacional, a fin de que no se puedan ejercer las acciones por crímenes de guerra a los responsables de la comisión de delitos de genocidio o lesa humanidad, y así jueces y fiscales de la Corte Penal Internacional que entienden e investigan los posibles crímenes cometidos son objeto de sanciones y amenazas por Estados Unidos a fin de impedir el cumplimiento de la justicia internacional. Es decir, se trata de advertir que serán castigados todos aquellos que traten de denunciar las agresiones cometidas tanto por Estados Unidos como por su socio Israel.
Dicha persecución está personificada en la figura de Francesca Albanese, relatora especial sobre la situación de los Derechos Humanos en el territorio palestino ocupado desde 1967, la cual señala la cómplice colaboración internacional en el desarrollo de la ocupación, apartheid y exterminio de la población palestina, siendo calificada de antisemita por su escrupuloso trabajo en la denuncia de la devastación palestina como oportunidad de negocio.
Cuando se persigue tanto a la relatora como a un tribunal internacional lo que está cuestionado son los intereses geopolíticos y económicos que benefician a la impunidad, como es en el caso no solo de Gaza, sino la intervención realizada en Venezuela, en Irán y en el bloqueo en el que se encuentra en la actualidad Cuba.
Vista la actuación de los gobiernos, el derecho internacional tiene que trasladarse a las sociedades y a la presión que estas ejerzan, pues si se justifica la violencia, se normaliza la impunidad. Retomando la cita de Jaspers, el olvido es un delito y el tiempo juzgará no solo a quien cometió los crímenes, sino también a los que con su silencio los permitieron. Se está ejercitando el uso de la fuerza, al margen de normas y reglas establecidas en el ordenamiento jurídico internacional, pues está sucediendo una intersección entre el capitalismo y la inteligencia artificial, donde las tecnologías disruptivas desafían los marcos legales existentes mientras son impulsadas por la lógica del mercado global, lo que en la actualidad algunos autores denominan tecnofascismo. Por ello, nuevos líderes moldean la realidad a su antojo mediante la fuerza bruta, el engaño y la disrupción caótica. Como dice Giuliano da Empoli, ha llegado la hora de los depredadores y solo la movilización de las bases sociales será imprescindible para combatir por una humanidad más justa, igualitaria, libre y solidaria.
