Opinión

Mirando hacia un lugar

By 5 de junio de 2026No Comments
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José Antonio Tejedor Herranz

El camino del autónomo, del creador y del emprendedor suele dibujarse como una travesía solitaria. A menudo nos vemos expuestos a la intemperie del mercado, a los vaivenes de la economía y a los golpes inevitables de la vida que nos obligan, a veces, a detener el pincel o a pausar los proyectos.
En esos momentos de saturación mental, cuando la incertidumbre pesa, surge una pregunta inevitable: ¿dónde está ese destino, ese punto en el mapa donde encontrarse a salvo?
Solemos pensar que la respuesta es regresar a los orígenes. Sin embargo, la realidad es a veces más compleja y dolorosa. En ocasiones, la falta de empatía general no comprende que un concurso de acreedores tratado en nuestro Estado de derecho es una batalla hacia la solución y no un sinfín de problemas sin salida. Ante esa falta de empatía, uno puede llegar a sentirse como una persona rara, señalada, rechazada o excluida en la toma de decisiones. Incluso en el ámbito profesional, cuando intentas alzar el vuelo, expresar tu verdad o impulsar tu marca personal como una vía legítima de renacimiento, aparece la crítica confundiendo la supervivencia de la identidad con el mero lucro o abundancia material, perdiendo el derecho a todo tipo de honra merecedora.
Entonces tu protección no está en el lugar de donde vienes, en tus orígenes, sino en el refugio que tú mismo construyes con las piezas que encuentras en el camino. En esta ocasión, y en honor a mi marca personal, “MR JATH”, en función de voluntariado, plasmo una composición orgánica simulando un Nido, convertido en un botiquín de curas emocionales propio, independiente y sagrado.
Hace un tiempo, caminando junto al mar, el universo me regaló los elementos precisos para elaborar y mostrar al mundo mis sentimientos ya escritos, en forma de arte efímero. Durante once días consecutivos, fui encontrando en la orilla once cantos rodados pulidos por el vaivén del agua, manipulados y escritos por una mano desconocida y espiritual que sentía la necesidad de lanzar once mensajes al mundo. Al posar la mirada sobre ellos, sentí lo inexplicable, pues me tocó el alma al leer esos mensajes imperativos y sanadores; en realidad, actúan como el verdadero vendaje de este botiquín que en su profundidad nos recuerda quiénes somos cuando el ruido del entorno nos hace dudar de nuestro valor.

El once es un número maestro que en la numerología simboliza intuición, espiritualidad, el canal entre lo terrenal y lo divino.

Discurriendo su indulto, mi mente elaboró automáticamente una obra maestra. Vislumbrando el beneficio a dar de gran calidad y perdurar siempre en el tiempo, decidí recoger este tesoro y cobijarlo utilizando la propia naturaleza y siguiendo un orden en su colocación a modo de acto meditativo. Como base, tomé la corteza de una palmera, moldeada por el tiempo y transformada en una cuna robusta. Al depositar allí las piedras, entrelazadas con plumas de ave y paja, los golpes del exterior disminuyeron su intensidad y el Nido cobró vida propia.

Pues la pluma es un símbolo sanador evocando la expresión escrita. Cada uno de los cantos rodados proyecta un mensaje directo al alma del lector que sabe escuchar. Su origen emana de un “ser de luz” que en su momento los entregó al mar y que hoy, a través de la distancia y el tiempo, se conectan con mi propio ser para recordarme el sentido de las cosas.

¿Qué es, al fin y al cabo, ser autónomo para la sociedad? ¿Somos seres descatalogados, un concepto, un robot sustituido por una IA, una pieza de ajedrez?

Las respuestas no pueden buscarse en el exterior. Por eso, mirar hacia un lugar significa mirar hacia adentro. Significa regresar a ese refugio sagrado e independiente que hemos construido con nuestras propias manos y con los pedazos de nuestra historia; un espacio donde recordar que somos una bendición, que somos luz y que nuestro valor no lo mide un sistema cambiante ni autoimpuesto por el interés de unos pocos. Ese es el único punto en el mapa donde estamos a salvo. Al final, el verdadero destino del viaje siempre fuimos nosotros mismos. ¡Gracias!