Hay momentos…
Gerardo José Pérez Meliá, director de Acción Triángulo
Hay momentos en la vida en los que uno decide no mirar hacia otro lado.
Estos días estoy profundamente implicado en el proceso de regularización extraordinaria de personas migrantes. Y puedo decir, con total honestidad, que en mi vida había sostenido un ritmo como este.
Nunca había vivido algo tan intenso, tan urgente y tan humano al mismo tiempo.
Desde Acción Triángulo nos hemos acreditado como entidad colaboradora y hemos montado un dispositivo enorme, casi de emergencia social, para acompañar a cientos —ya miles— de personas que buscan regularizar su situación administrativa en España.
Personas que no están pidiendo un favor. Personas que están reclamando la posibilidad de vivir con dignidad, de trabajar, de alquilar una habitación sin miedo, de abrir una cuenta, de cuidar a sus hijas e hijos, de enfermar sin terror, de formar parte plenamente de una sociedad de la que, en realidad, ya forman parte.
Para conseguir un objetivo no basta con avanzar: hay que hacerlo de acuerdo con nuestros ideales. Y aunque pensemos diferente en muchas cosas, hay algo que debería estar por encima de cualquier diferencia: el derecho de todas las personas a tener una vida digna, a integrarse en una sociedad y a disfrutar de los mismos derechos y deberes que el resto. Porque defender un derecho significa defenderlos todos.
Todas las personas somos diferentes. Venimos de lugares distintos, tenemos historias distintas, cuerpos distintos, acentos distintos, identidades distintas, formas distintas de amar, de creer, de vivir y de soñar. Pero todas merecemos poder ejercer los mismos derechos.
Y esto, en el fondo, no va de ideologías ni de partidos. Va de dignidad. Va de derechos humanos. Va de qué tipo de sociedad queremos ser cuando una persona llama a nuestra puerta y necesita una oportunidad para vivir sin miedo.
Por eso, en días como estos, también me siento orgulloso de mi país. Orgulloso de una España capaz de abrir una vía para reconocer derechos, ordenar vidas y mirar de frente una realidad que ya existe en nuestras calles, en nuestros barrios, en nuestros trabajos y en nuestras comunidades.
Estos días hemos formado a más de 200 personas voluntarias en más de seis idiomas. Hay funcionariado, informáticos/as, cocineros/as, activistas, abogado/as, profesionales de distintos ámbitos, personas migrantes que ya conocen este camino y personas que, simplemente, han decidido poner su tiempo y su energía al servicio de otras.
Lo que estamos haciendo no es solo revisar documentos. Estamos orientando, acompañando, calmando, traduciendo, validando, emitiendo certificados de vulnerabilidad, preparando expedientes, subiendo solicitudes, explicando una y otra vez lo mismo, sosteniendo miedos, resolviendo dudas, atendiendo colas, contestando mensajes, secando lágrimas y celebrando cada pequeño avance como una victoria colectiva.
Y en medio de todo esto ha ocurrido algo muy hermoso: se ha creado una cadena de favores. Una persona que ayer necesitaba ayuda hoy traduce para otra. Una persona que llegó perdida hoy acompaña a quien acaba de llegar. Alguien trae comida para quienes llevan horas atendiendo. Alguien presta un ordenador. Alguien escanea documentos. Alguien calma la puerta. Alguien explica un trámite. Alguien abraza. Alguien dice: “Tranquila, no estás sola”. Alguien celebra un NIE como si fuera propio.
Eso también es país. Eso también es ciudadanía. Eso también es democracia.
Y también es profundamente emocionante ver a personas LGTBIQ+ ayudando a todas las personas, sin preguntarles quiénes son, qué creen, de dónde vienen, a quién rezan, a quién aman o qué piensan. Simplemente ayudando. Porque cuando una comunidad que tantas veces ha tenido que pelear por sus propios derechos decide ponerse al servicio de otras, está demostrando algo muy poderoso: que la solidaridad no entiende de fronteras, etiquetas ni condiciones.
Hay algo ahí que me recuerda a la película Pride: cuando quienes han sido señaladas/os, excluidas/os o discriminadas/os deciden tender la mano a otras personas vulnerables, y en ese gesto aparece lo mejor de la condición humana. La dignidad compartida. La ternura organizada. La alegría de saberse útiles. La certeza de que ninguna lucha por los derechos humanos es una lucha aislada.
Muchas de las personas que estamos acompañando ya viven aquí, trabajan aquí, cuidan aquí, estudian aquí, aman aquí y sostienen nuestras ciudades desde hace tiempo. Lo único que falta es que la Administración reconozca lo que la vida ya ha demostrado.
Estamos cansadas/os, sí. Muchísimo, casi agotadas/os. Son muchas jornadas intensas sin descanso, de lunes a lunes. Pero también estamos profundamente emocionadas/os. Porque cuando una persona ayuda a otra, y esa otra ayuda después a la siguiente, empieza algo que ya no se puede detener.
La regularización no es un regalo. La regularización es justicia. La regularización es dignidad. La regularización es reconocer el derecho de las personas migrantes a vivir con las mismas oportunidades y a formar parte plenamente de la sociedad que ya están ayudando a construir.
Y mientras podamos, ahí estaremos: con rigor, con humanidad y con la certeza de que ninguna vida debería quedar fuera.
