Javier J. Herranz
Ahí tenemos a medio mundo intentando compensar los efectos del cortisol con el efecto de la oxitocina. No imagino a mi madre calculando la cantidad de oxitocina que estaba produciendo su cuerpo cuando me abrazaba, y los beneficios para su salud al compensar el cortisol producido por las tensiones cotidianas. Tampoco imagino a viejos amigos y compañeros de luchas sindicales intentando neutralizar su indignación por el maltrato laboral en la empresa, o tomando algún psicofármaco para neutralizar también su necesidad de movilizarse con sus compañeros para cambiar las cosas. Nunca pensé que ese bobalicón o bobalicona predicando paz y amor era una persona vitamina y menos al observar cómo, con esa sonrisa y esa ausencia absoluta de malas formas, siempre se emplazaba en el mejor lugar de negocio y beneficio personal.
No me ha parecido nunca tóxico o vampiro energético quien demanda atención o catarsea su sufrimiento personal y social, y recuerdo enormes generosidades por parte de esas personas tóxicas o con poca habilidad social.
Hace tiempo un buen amigo me compartía su necesidad de alejarse de tantos años de compromiso sindical, y se mostraba un poco arrepentido de tanto esfuerzo y desatención de sus intereses personales y familiares. Había leído un libro que le había abierto los ojos sobre los efectos del cortisol generado por tanta tensión, y se proponía apagar la tele, dejar de leer los periódicos, olvidarse de la política. Hace poco, al mismo amigo, con una gran capacidad de enfrentar dificultades serias, le animé a olvidarse del cortisol y a defenderse de las situaciones de agresión y desafecto que se le estaban multiplicando en su entorno.
Otro inteligente amigo también me decía hace unos días que sus problemas para dormir lo suficiente tenían que ver también con el cortisol. La vida se reduce al equilibrio entre cortisol y oxitocina, o la luz blanca, la luz roja o la luz amarilla, y reconozco que yo caigo en la misma simplicidad cuando comparto entusiasmado mi experiencia con el agua de mar, la quercetina o la Artemisia annua. No digo que algunos remedios o efectos no tengan su parte de realidad y sentido, pero tanta reducción muestra una debilidad psicológica y una carencia de sentido real en nuestras vidas muy evidentes.
No es inocente la intención de generar dependencias químicas artificiales o naturales, desde un interés económico de quien se beneficia de un negocio, pero esas intenciones tienen otras derivadas aún peores cuando vienen de la ingeniería social y se utilizan enormes medios de adoctrinamiento y control de masas para hacer avanzar una agenda perversa.
Tanto interés en que la gente se separe, se reúna en burbujas, trabaje en su casa y en soledad, no vea noticias, no acceda a las redes, no entre en discusiones tensas o difíciles, no se complique la vida…
Existe, seguramente, la derecha y la ultraderecha, y eso es una cosa y otra muy distinta calificar como de derecha y ultraderecha todo lo que se aleja del pesebre globalista y de agenda. ¡La que están liando metiendo en la derecha a todo el mundo por cualquier cosa! Se están quedando solos en su pequeña y hermética cabina telefónica para oler solo sus propios pedos. La sensación de libertad e incorrección que se disfruta al ver una película vieja, escuchar una canción vieja, o un chiste viejo, solo se explica porque escapar al control de la nueva inquisición es ya un acto de liberación.
La mamá amable hablando con suavidad a su pequeño engendro y explicándole lo que no se dice, lo que no se hace y lo que no se piensa, cuando por otro lado se da cuenta de que su mamá y su papá le entrenan para ir a lo suyo por encima de todo, está alimentando a quien la meterá en una residencia lo más barata posible, la presionará para cobrar pronto su herencia o pondrá un gesto de comprensión y humanidad cuando en aplicación de una eutanasia compasiva se evite su sufrimiento innecesario. Que el proceso de integración de la vida, la necesidad de despedirse y de reconciliarse y de morir bien acompañan a lo últimos momentos de la vida parece algo accesorio para los superficiales y los ignorantes.
Que no se confunda nadie porque como humanista entiendo que el derecho a decidir sobre el propio cuerpo y la propia vida no es para mí discutible, pero el juego que estoy presenciando es muy tramposo.
Viviremos muchos años: todos solos, todos sanos, todos absoluta y completamente imbéciles…
