Carlota Magdaleno Ruiz
Durante el transcurso del grado de Ciencias Políticas, existe alguna asignatura suelta en el plan de estudios sobre Historia de las ideas políticas, pero no se suele profundizar sobre el pensamiento político español, ya que se busca abordar la teoría política en general y aquella que es considerada más “actual”. Por ejemplo, desde el pensamiento clásico como Hobbes y El Leviatán, o más entendido, asociado como lo moderno, siendo el caso del cosmopolitismo. Por ello, desarrollar un interés en profundizar sobre la teoría política propia española puede percibirse como arcaico, al no tener una relación considerada directa con la actualidad. Sin embargo, tengo el convencimiento de que permite comprender lo ocurrido durante el franquismo y cuál fue el desarrollo intelectual que lo justificó.
El tradicionalismo fue una corriente política española que, desde 1812, hacía referencia al choque de la España tradicional y católica con la España liberal, secularizada y considerada progresista al recibir de forma positiva las ideas de Francia. Es decir, la que fue defensora de la libertad de educación, de prensa, y de abolir la Inquisición. No obstante, uno de los intelectuales españoles más influyentes en España del siglo XIX fue Marcelino Menéndez Pelayo, profundamente tradicionalista.
Menéndez Pelayo, poseedor tanto de parada de metro como de calle, estipuló que aquello que se entiende por nación es lo que se ha generado dentro del marco de la Historia, que tiene la capacidad de ofrecer sólidos conocimientos sobre el pasado y capacidad para ofrecer herramientas para guiar a la nación en el futuro. Asimismo, esta misma definición de nación es la que permite a España diferenciarse de otras naciones. También establece que aquellos que han nacido en el mismo territorio con las mismas reglas morales y de la “misma sangre” es difícil que no tengan un cierto parecido. En sus términos, lo define como “el espíritu español”, que dice ser garantía de la continuidad histórica de España y, por tanto, de la unidad espiritual de España. Dentro de esta lógica, asocia lo español a la adhesión al catolicismo y la convierte en su elemento de cohesión. Su visión ideal de lo que sería la nación española se caracteriza por tener un territorio, una lengua, una religión y una moral. No es de extrañar que condenara lo que acabaron siendo los movimientos nacionalistas de Cataluña y Galicia.
Por otro lado, estaba en contra de lo “europeo” porque tenía como consecuencia la pérdida del vínculo con la tradición cultural hispana. Es decir, considera que la grandeza de España está en ser fieles a la manera de ser propia de los españoles: la esencia de la nación está en su pasado y la Historia tiene como rol mantenerlo intacto para preservar la memoria de la nación en el tiempo.
Estableció que lo que nos unía en su época, como en tiempos anteriores, fue la fe católica, y no la lengua, ni la unidad cultural, ni lo que consideraba la unidad de la raza. Por tanto, el catolicismo es el eje de la integración del pueblo español en uno. España es entonces un proyecto común donde nación y religión católica son equivalentes, y pone como ejemplo el reinado de los Reyes Católicos. Por ello, pone de contraejemplo a los españoles “afrancesados” que se dejaron seducir por la ideología francesa y la que les hizo perder la fe católica. El dejarla de lado considera que les hizo renunciar a todos sus sentimientos patrióticos para servir al enemigo durante la guerra de la Independencia.
Quizás haya posturas que consideren que entre el tradicionalismo y el franquismo haya muchos siglos entre medias, pero la visión peculiar de Marcelino Menéndez Pelayo podría hacer considerar qué es España sin el catolicismo y cuál es el origen de la incapacidad de establecer qué es la nación, sin un rechazo frontal hacia la laicidad y otros valores que se consideran invasores de España.
