«Poderoso caballero es don Dinero», dice el poema de Quevedo, y no le falta razón.
En estos tiempos que corren, nos llenamos la boca de apelar a los derechos humanos, de censurar dictaduras y de gritar en pro del feminismo a los cuatro vientos.
Nos llenamos la boca de censurar la violación de estos derechos y, en cuanto nos descuidamos, ¡zas!, se nos olvida todo cuando relumbra el preciado metal.
Vimos como Rakitic, jugador del Sevilla, lloraba ¿amargamente? por dejar el club, que no tanto por irse a jugar a Arabia Saudí, engrosando la lista de jugadores, técnicos y deportistas que se han olvidado de los Derechos Humanos (con mayúsculas), en cuanto los árabes les han abierto el monedero y les han enseñado el contenido.
Cristiano Ronaldo, Benzema, Nacho, Carrasco y un largo etcétera, al que no hace mucho se sumó el bueno de Rafa Nadal, personaje «sin tacha moral» (o eso da a entender), al que se le ha debido olvidar el blanqueamiento al que contribuye, de un país que esclaviza y mata a seres humanos, sin importarles sus derechos, y que a la mujer la considera un objeto sin más galardón que haber nacido.
Un país en el que se considera poco o nada a los desfavorecidos. Un país en el que se es capaz de quitar la vida impunemente a un periodista, solo porque creía en la democracia.
País cuyos dirigentes acaparan la mayor parte de la riqueza mundial, junto con Emiratos Árabes, sin importarles que millones de seres humanos mueran de hambre.
Y, aun así, el chorreo de «figuras» dispuestas a ayudar a Arabia a parecer un país civilizado es constante, solo porque este apoyo venga bendecido por ingentes cantidades económicas, que son capaces de borrar cualquier atisbo de moral o remordimiento en quienes las reciben, posiblemente por aquello de que «las penas con pan son menos».
La Supercopa de España, competición netamente española, le sirve a Arabia para que el mundo se olvide de sus esclavismos, penas de muerte y un largo etcétera de quebrantamientos morales y de derechos fundamentales de las personas.
Olvidémonos, pues, de eso del «ejemplo del deporte y deportistas», que pretenden convencernos de que inculcan valores positivos a los jóvenes. Valores a los que renuncian, cuando el vil metal llama a la puerta, y se olvidan de que otros seres humanos también tienen derechos.
Hay que repensar por qué nos enfangamos en reivindicar empoderamientos, valores (v.l.r.), derechos…; por qué ponemos de ejemplo a deportistas de élite si, cuando de dinero se trata, se abjura de todo lo reivindicado, de todos los derechos que se proclaman y, sin justificación, se hace la vista gorda a crímenes, dictaduras, abolición de cualquier atisbo de libertad, o de derechos inherentes al ser humano, tirándonos en plancha a las bondades que ofrece el dinero, el vil dinero.
No seamos hipócritas. Que no nos vendan figuras de relumbrón como ejemplos de dignidad y con valores humanos intachables.
Influencers que se van por no pagar impuestos, esos que permiten que tengamos servicios públicos y que muchos ciudadanos sean un poco menos vulnerables, pero que, tras el cierre del estrecho de Ormuz, hay que rescatarles y traerles a España con los nuestros, para que de nuevo, cuando todo esté normalizado, retornen al lugar donde el dinero tiene nombre de jeque y la miseria nombre de pueblo.
Son completamente esclavos del poder del dinero. El resto… no les importa en absoluto.
«Es galán y es como un oro,
tiene quebrado el color;
persona de gran valor
tan cristiano como moro;
pues que da y quita el decoro
y quebranta cualquier fuero,
poderoso caballero
es don Dinero».
María Isabel Dorado Marín
