“Sí, hago meditación y me encanta.” Es lo que suelo decir cuando hay un silencio en mis conversaciones. Me gusta colar esta clase de afirmaciones sin que me lo pregunten. Además, insisto en que practico todo tipo de mindfulness, pero reconozco que no sé mucho del tema. Cuando me pongo a meditar, lo que hago es contar. Intento llegar hasta el 20. Lo que me molesta es que en inglés llego hasta el 47 o 48, pero al contar en español tengo problemas. Por ejemplo, si ahora mismo dijera 1, luego 2, luego 3, y así sucesivamente, lo mismo digo 4 que 6. Retomo la cuenta desde el principio y justo cuando voy por el 8 noto que vibra el móvil y pierdo la cuenta. Empiezo otra vez, llego hasta el 14, pero veo que pasa alguien que conozco por la calle y tengo que mirar a otro lado. De ahí vuelvo miserablemente al inicio.
Como casi todo el que medita, yo comencé a meditar hace unos años, cuando un gurú experto en bitcoins me dijo que mantener una mente sana es como mantener un cuerpo sano. Con lo que me cuesta tener el coco en forma, creo que estoy totalmente enfermo. Pienso que el mundo entero está hecho para distraerme y que así nunca me voy a recuperar del malestar. Es posible que mi problema sea personal, pero me niego a afrontarlo. Siempre hay una interrupción por ahí, al acecho, lista para atacar. Esto me quita el tiempo esencial que podría dedicar a hacer cosas productivas, como ver series o fumar. Lo cierto es que las distracciones me ayudan tanto a procrastinar que ni las evito. Además, normalmente no me doy cuenta ni de lo que estoy haciendo. Creo que estoy sumido en un círculo vicioso. ¡Algo tendrá que cambiar!
Solo yo puedo sacarme de esta. Solo yo puedo contar hasta el 20. Sí, veo la luz al final del túnel y esta vez no va a ser un accidente de tráfico. Efectivamente, lo tengo todo claro. Antes de que se acabe el año tengo que contar sin distraerme. Por muy poco que sea, voy a darlo todo. Menos mal que escogí el 20 y no el 30. Me imagino que el instante en que pierdo mi concentración es cuando mis peores enemigos me han ganado. Aparece una figura que se ríe, mientras gesticula con los dedos una serie que va desde el 1 hasta el 100, ¿pero cuántos dedos tiene el tipo? Otra figura se burla a carcajadas y cuenta hasta con los dedos de los pies. ¡Qué envidia, no se distrae! ¿Cuál será su secreto? ¡Se acabó! Dejémonos de tantas penurias y de sentir lástima por uno mismo. ¡Qué más da si no llego a contar hasta el 20! Lo importante es que lo estoy intentando. ¡No voy a dejar que este mundo se salga con la suya!
Me propongo empezar a contar y seguir incluso hasta el 21, el 22 y luego ya veremos. Va a ser mi única meta, y me da absolutamente igual todo lo demás, excepto mi madre. Mi objetivo es ese número inalcanzable, el 20. Sí o sí, hoy será el día en que cumpla con mi deber. Bueno, si no es hoy será mañana.
Me voy a meditar. Pero antes me gustaría acabar de escribir este texto. Ya sería el colmo que en vez de terminar me pusiera a contar. Pero seguro que en cuanto deje de procrastinar me pongo a hacer algo productivo. No lo dudo. A lo mejor contesto los mensajes de WhatsApp, que llevo tres horas sin responder. También debería mirar los emails que siguen pudriéndose en “Recibidos”. Me pregunto por qué me escribe tanto Hacienda. Tal vez, en el tiempo que me lleva ir a por el pan, pueda contar sin distraerme. Solo espero que no me pase como el otro día que bajé a por pan y acabé comprando magdalenas. Fue extraño comer sopa con veinte magdalenas. No lo recomiendo.
