Queridas amigas y amigos, espero que estén muy bien pese a estos tiempos convulsos.
Hay un momento en el teatro que no está escrito en ningún guion, pero ocurre cada día. La función ya ha empezado, la luz ha bajado, el silencio se instala… y entonces se abre la puerta.
Una rendija de luz atraviesa la sala y aparece el público que llega tarde.
No hablo de quien entra con discreción, casi pidiendo perdón, sino de quien lo hace como si estuviera en su casa: duda, pregunta, avanza, retrocede y vuelve a salir. Ese momento es pura coreografía del caos.
Desde el escenario se ve todo. Siempre. El actor, aunque esté en escena, no es ajeno a todo ese movimiento. Porque el teatro no es impermeable: todo lo que ocurre forma parte de la función. El público también actúa, aunque no lo sepa.
A veces, como productora (y también porque he visto la función cientos de veces) me quedo en el hall observando la entrada del público: quién viene, cómo llega. Hay algo profundamente humano en ese momento previo. El teatro empieza ahí.
Y me quedo hasta que entra el último espectador… o eso creo. Porque entonces, cuando ya ha comenzado la función, cuando todo está en marcha, de pronto…: algún rezagado. Y ahí empieza otra pequeña función paralela.
Conviene aclararlo: no es el teatro quien decide si alguien puede entrar una vez empezada la función, sino la compañía. A veces permiten el acceso, otras no. Y, si lo hacen, debe ser sin molestar a público, actores ni técnicos.
Entonces aparecen dos actitudes: quien entra agradecido, consciente de su error, y quien protesta por no ocupar su butaca, como si el tiempo no hubiera pasado.
Y, si la compañía decide no permitir la entrada, no hay negociación: unos lo entienden y otros… recurren a las famosas hojas de reclamaciones.
Y en ese instante se cruzan dos mundos: el de quien llega tarde y el de quienes ya están dentro. Porque el teatro no es solo un espacio. Es un momento.
Y llegar tarde no es solo una cuestión de minutos. Es llegar fuera de ese latido común. Todos hemos estado ahí alguna vez, pensando que no pasa nada por entrar rápido, pero sí pasa. Pasa que se rompe la concentración del artista y del espectador, que de pronto recuerda que está sentado en una butaca.
Y, aun así, todo vuelve a recomponerse: el actor sigue, la escena respira, el público recoloca su atención y la función continúa.
Este pequeño accidente dice mucho de nosotros. De cómo vivimos el tiempo. De cómo creemos que podemos entrar y salir de las cosas sin afectar a lo que ocurre dentro.
Pero el teatro no funciona así. El teatro exige presencia. Exige llegar. Estar. Sostener.
A veces juego a imaginar por qué alguien llega tarde: el tráfico, un error con la hora, la caña que se alargó. No estamos solos, el tiempo es el mismo para todos y los horarios están para cumplirlos. ¿Se imaginan a los actores llegando tarde y preparándose mientras con el público esperando?
Y entonces también pienso en lo contrario: en quien llega pronto, se sienta y observa el escenario vacío. En esa espera comienza el verdadero teatro.
Gracias a ese público puntual, paciente y expectante.
Y como en toda función, llega el momento de salir.
Feliz Semana Santa y nos leemos en mayo, cuando Madrid se sube al escenario.
Esther Bravo
