Alejandro Flórez-Estrada Vergara
Lavapiés me embauca, me atrapa, cuenta mis pasos de repartidor de periódicos y me invita a pelear por un mundo más humano, mi utopía predilecta desde que tengo conciencia de las injusticias. Lavapiés es la historia de mi gente. Es donde nací, donde crecí y aprendí a observar, a intentar entender y preguntarme a mi manera por el sentido de la vida. Todavía no sé la respuesta, ni siquiera ahora que duermo poco (será porque me hago viejo) y me dedico a filosofar durante la noche. Además, con el insomnio la nostalgia se vuelve adictiva y me pongo a recordar que de niño, en las callejuelas que tanto me fascinaban, participaba en juegos de aprendices de rebeldes y fingía conspirar contra la autoridad junto con otros mocosos que también empezaban a hacerse preguntas.
¡Ay, la temida autoridad! Como buen hijo de Lavapiés que soy, desconfío de cualquier estamento relacionado con el poder. Comienzo por los gobernantes, que me inspiran rechazo desde que mi padre me aconsejara, mientras me enseñaba a atarme los zapatos, que siempre cuestionara el oficialismo y me uniera a la disidencia más lúcida y valiente. No se libra de mi recelo la Policía, ya que arrastro un trauma de la infancia, cuando a mis compinches y a mí nos perseguían porra en ristre los polis que odiaban a los niños callejeros. En cuanto a la Iglesia, me aterraba el relato de infiernos y demás condenaciones eternas que me tocó oír de pequeño, así que me quedo con el cielo que describe Santos Urías, el admirable párroco de San Cayetano. Meto también en el saco de la autoridad a los médicos, los mismos que algún día me salvarán la vida, pero que me exasperan cada vez que me espetan, con tono solemne, que ya estoy en una edad traicionera y que me vaya preparando para un sinfín de pruebas y pastillas. Aún me resisto.
Lo que sí me motiva es repartir este periódico. Mientras lo hago, charlo en los corrillos de Tribulete con vecinos arraigados que no soportan que nos estén robando el barrio, y en las tertulias de Argumosa palpo la rabia de quienes denuncian la crudeza de esta época mitad individualista, mitad sectaria. Cien países caben con calzador desde Escuadra a Miguel Servet, en un sindiós de recovecos donde habitan ancianos que buscan cariño y exiliados que necesitan papeles para vivir sin estigmas y con la dignidad que merecen. Lavapiés creció cañero e irreverente, y con una finalidad: expandir una mirada subversiva que desafíe al sistema. Es el único lugar que me ha marcado, ayer un suburbio y hoy un caramelo ansiado por los gentrificadores de turno, entre los que se hallan los políticos sin ética, los especuladores más agresivos y hasta los falsos revolucionarios adictos al dinero. Que sepan, por si abrigaban alguna esperanza, que no pienso dejar mi barrio.
Lavapiés es universal, es castizo y senegalés, es de corrala de Sombrerete y bangladesí, es de verbena de San Lorenzo y ecuatoriano, y se rebela ante las órdenes de desahucio, pero los veteranos añoramos la fuerza asociativa de antaño. La vivienda pública estable, la mejor solución al drama habitacional y no las propuestas a voleo, sigue escaseando, y echo en falta más discursos que reclamen eso: casas de protección oficial a salvo de Blackstone o Fidere, un techo digno y asequible, sobre todo para los más humildes. Y aquí me atrinchero, reiterando mi lema de cabecera, “¡Yo no me voy!”, un rugido vecinal al que le duele la soledad, que nos mata con sigilo; la droga, que se ensaña con los indefensos; el coste obsceno del metro cuadrado y los alimentos; y el desdén institucional cada vez que pedimos ayuda.
Este es, en fin, mi Lavapiés amado incluso cuando amago con renegar de él, pero es mi dosis de rebeldía. Es el epicentro de mis complots de patio de vecindad y de mis soliloquios sentado en un banco del parque del Casino. También fue el hogar de los amigos que partieron y de una familia trabajadora, la mía, que, como tantas otras que poblaban estas calles tiempo atrás, estaba convencida de que la felicidad consistía en amar a tu gente, luchar por lo de todos y creer, con la fe del insumiso, en un barrio y un mundo mejores.
