Otro tipo de carrera armamentística y evolución de la agricultura en España
El comienzo de la historia de los fitosanitarios, como cualquier otro comienzo, depende de dónde y cuándo empezamos a definir las cosas: si el comienzo es cuando empieza la inquietud hacia las plagas, o cuando aparece el término mismo de fitosanitario, o cuando evaluamos su peligrosidad, por ejemplo. Por otro lado, los criterios han ido variando, pues el concepto mismo de plaga ha pasado de ser algo que hay que exterminar bajo cualquier circunstancia a tener ahora un enfoque más conservacionista que hace hincapié en que es un factor más del ecosistema y que se trata más de un elemento a controlar, en vez de erradicar. Son también más avanzados los estudios que se hacen sobre, por ejemplo, malas hierbas en determinados cultivos, como se hacen en zonas de Palencia, donde se busca comprender cómo estas resisten a los herbicidas, cómo son capaces de redireccionar su energía para crecer mediante otras vías que no son la fotosíntesis, pues estos son capaces de interrumpirla y, por tanto, obligan a las malas hierbas a morir.
Sin embargo, nuestra demanda de cereales, entre otros, y la preponderancia del monocultivo, del cultivo intensivo, y las demandas de productividad causan, de forma indeseada, de forma indirecta, la proliferación de hierbas resistentes a los propios herbicidas al acabar seleccionándolas en el proceso y estas hierbas reproduciéndose entre ellas, sin entrar en detalle en otras formas que las hacen propensas a iniciar unas carreras armamentísticas con los fitosanitarios.
Desde este conflicto, se puede abordar parte de las polémicas alrededor de la regulación europea sobre fitosanitarios, las condiciones laborales y de mercado de los agricultores, pero aquí se quiere incidir desde la perspectiva de curiosidad sobre el tema, no “especialista de” o como persona que trabaja en la materia, y se quiere incidir en que la agricultura resulta ser un tema lejano, al menos para los habitantes que no tenemos contacto cotidiano con ella.
Sin embargo, es más fácil hacer una aproximación partiendo de los datos de que aproximadamente casi una de cada dos hectáreas de España se usa para la agricultura y que cada vez se caracteriza más por ser una agricultura intensiva. De ahí, no es de extrañar que los productos fitosanitarios tengan un peso importante en la economía nacional, además de la alimentación y la seguridad.
Pero, aunque se hace todo lo posible para asegurar que consumimos alimentos seguros, el comercio de fitosanitarios ilegales tiene la capacidad no solo de afectar al suelo y las aguas, también pueden incidir en la salud humana a través de los residuos que dejan. Es así que, entre las diversas operaciones dirigidas a proteger a la ciudadanía, se llevó a cabo la operación Kaltegarria, con la colaboración de la Gendarmería francesa, para desmantelar en Irún una organización criminal que distribuía y vendía productos fitosanitarios no reglamentarios. Los delitos cometidos fueron, por citar algunos, en contra del medio ambiente y la salud pública, falsedad documental y blanqueo de capitales. Se intervinieron más de 26 toneladas de productos no regulados y se detuvieron a 22 personas. Del dinero incautado, casi 23.000 euros en metálico. Se bloquearon 14 cuentas bancarias. La organización se componía de tres hermanos, de los cuales uno se encargaba del registro de las páginas web y de las ventas por esa vía, y los otros dos de la logística y distribución de los fitosanitarios. Asimismo, el padre participaba en la carga y descarga de los productos, no teniendo autorización para hacerlo. Parte de las acciones las realizaba en un almacén clandestino de una empresa de trasteros. El beneficio estimado que han conseguido es de cinco millones de euros, en su gran mayoría de productos vendidos a nivel nacional y el restante a otros países europeos. En la actualidad, no existe una sentencia firme a la cual acceder por parte de la ciudadanía.
Carlota Magdaleno Ruiz
