Opinión

Intoxicación ideológica en Lavapiés

By 21 de junio de 2025septiembre 4th, 2025No Comments
Intoxicación ideológica

Cuando en su día planteamos la posibilidad de crear espacios de libertad de expresión que pudieran funcionar como contrapoderes a un sistema que se disfraza de mil modos, no éramos muy conscientes de hasta dónde pueden llegar la ingeniería social y los procedimientos del poder para disfrazarse.

No son muy conscientes algunos amigos y algunas amigas de hasta dónde llega su cesión de soberanía cuando se convierten en reproductores de argumentarios. Tampoco están muy dispuestos a considerar sus movimientos estratégicos para beneficiarse personalmente del pago a sus silencios y sumisiones, y por eso se presentan a sí mismos como convicciones lo que solo es una reproducción muy poco libre y propia de los argumentos de otros.

Como ante cualquier adicción, la superación tiene que partir del reconocimiento en un acto de sinceridad valiente. Es una simpleza decir que el problema son los fachas, cuando supuestamente no gobiernan los fachas, y aceptar cualquier inmundicia para evitar que oscuros fascistas tomen el poder es algo que siempre supone problemas digestivos, y mantenido también produce taras mentales muy serias.

Si ya te ves justificando cualquier porquería o manipulación para evitar males mayores y aquellas viejas aspiraciones de reflexión conjunta y democracia real han sido retorcidas hasta límites insospechados, es que imaginando fachas has llegado a convertirte en el mayor facha del mundo.

En cualquier otro lugar tendría menos importancia algo así como proceso conjunto, pero en un barrio o en unos barrios que se caracterizaron por ser ejemplo y vanguardia, la pérdida es enorme. Aquellas aspiraciones sinceras, aquellos intentos y fracasos valientes y todo aquel potencial creador han desaparecido de calles y espacios de inteligencia colectiva para dar paso a una especie de mantra repetido y hueco. Las miradas brillantes, el pulso vital, las respiraciones profundas y el contacto físico han dado paso a un desfile de autómatas que no parecen tener cerebro ni corazón y, si aún lo tienen, lo tendrán envuelto en papel film. Yo no sé ya si todo empezó con un confinamiento global y con aquella mordaza que impedía respirar, o con la gran concentración de medios y discursos que diseñaron en paralelo, pero ver a la gente contra la gente aplaudiendo las limitaciones de movilidad o la censura de cualquier disidencia ya nos hizo temer lo peor.

En mi ámbito laboral, lo primero que se perdió fue la asamblea presencial y el contacto personal, y después vino una especie de sindicalismo virtual en el que daba igual si lo que se decía o se explicaba era verdad o mentira, si esa mentira era creíble y estaba bien presentada. Algo similar ocurrió en los barrios y en los espacios políticos.

Hasta en debates con gente a la que respeto por su trayectoria personal, me parece escuchar a muñecos movidos por detrás que repiten y defienden los argumentos del medio o los medios que suelen sintonizar. Casi nada de lo que escucho me aporta o me parece salido de la reflexión propia y supongo que algo similar les debe estar ocurriendo a otros conmigo.

Cuando hace unos días discutía con una amiga sobre la corrupción sindical y empresarial en empresas públicas, se sintió personalmente cuestionada cuando a mí, sinceramente, su caso particular me importa muy poco. El hecho de que los procesos de promoción interna y los procesos de acceso a un puesto de trabajo decente se han convertido en preocupación y acción sindical preferente ya supone un lastre que impide cualquier construcción que merezca la pena. Si quien representa a sus compañeros ha ascendido desde procesos muy poco serios o tiene a media familia trabajando en la empresa, estamos ante un sujeto hipotecado e inútil que se ve obligado a adaptar su discurso; y, volviendo al barrio, si los fondos europeos y otras formas de subvención han tomado a todo tipo de organizaciones, la hipoteca es la misma.

Si te han comprado, te han comprado y, si te han acojonado, te han acojonado; y tu esfuerzo para justificarte hablando de propios y extraños te va enredando cada vez más.

El vacío es enorme y el lío no son los fachas, a no ser que los fachas ahora seamos nosotros…

 

Javier J.
Herranz Aguayo