Las reyertas entre diferentes bandas de africanos han vuelto a perturbar el cálido runrún de nuestras calles. El camarero de la taberna de Antonio Sánchez, fundada allá por 1787, ponía cara de circunstancias al oírnos comentarlo. La lucha por el control del tráfico de drogas, dicen los medios, por desgracia un clásico. Según los políticos, todo esto hay que verlo no obstante desde una perspectiva positiva: esta rivalidad es la prueba de que ningún grupo domina al resto, y esto es esencial para garantizar la convivencia y la integración entre culturas tan diferentes. Cómo les gustan estas dos palabras: convivencia e integración, cuando en realidad deberíamos hablar de supervivencia, una tarea, por llamarla algo bonito, que nos afecta a todos los grupos, pues imagino que los aborígenes también tenemos nuestro propio grupo.
Salimos de la taberna y nos aventuramos a descender por Mesón de Paredes. Cuánto ha cambiado esta calle en los últimos años, de los bazares chinos pasamos a los barecitos con encanto para atraer al turista entusiasmado con esta diversidad. Y desembocamos en la plaza de Cabestreros, denominada desde 2014 de Nelson Mandela por iniciativa de la entonces alcaldesa Ana Botella con el aplauso del resto de los partidos representados. Un homenaje que querían hacer a este líder africano defensor de la libertad y la igualdad de todas las personas eligiendo precisamente el corazón de Lavapiés por ser un lugar de convivencia entre razas, nacionalidades y religiones diferentes.
Nunca entendí por qué los políticos cambiaron tan alegremente el nombre de esta plaza. El espacio fue creado tras la demolición del convento de Santa Catalina de Siena en 1973 y por muchas remodelaciones que lleve a cuestas sigue siendo un lugar feo y perturbador. No creo que a Mandela le hubiera complacido, parece más bien un espacio de condena, un descampado urbano sin capacidad de evocación. Si se trataba de exaltar su valor universal habría sido más apropiado haber escogido una plaza bella, amplia y luminosa del norte de la ciudad. Además, con ese cambio desvirtuaron también una pieza importante de la lógica histórica de Madrid. La denominación de Cabestreros viene de ser el lugar en el que los artesanos del cáñamo fabricaban los cabestros, las correas para las caballerías. Al menos, la plaza todavía conserva la famosa fuente de Cabestros, o de los Machos por el poder afrodisiaco de sus aguas, en su diseño republicano de 1934.
Nelson Mandela nació en 1918 en lo que era entonces la Unión Sudafricana bajo dominio británico, en el seno de una familia de jefes tribales. Para entonces ya se habían declarado las leyes raciales que despojaban a la población negra de sus derechos fundamentales, el germen del apartheid, el sistema que aseguraba la supremacía de la minoría blanca. Estudió Derecho y se convirtió en abogado para luchar contra la segregación racial. Enseguida entró en política y, a imitación de Gandhi, defendió el uso de la no violencia mediante huelgas y manifestaciones a lo largo del país, lo que le convirtió en la principal figura de referencia de la lucha antiapartheid. Sin embargo, tras la terrible masacre de Sharpeville en 1960, Mandela decidió pasarse a la lucha armada contra el régimen racista. Pocos años después, es detenido en un control de policía y condenado por sabotaje y conspiración a cadena perpetua. Permanecerá encerrado en prisión durante veintiséis años rechazando cualquier acuerdo que no supusiera el fin del apartheid.
Finalmente, por la presión internacional y la propia insostenibilidad del régimen, en 1990, es liberado y negocia el acuerdo que pone fin al apartheid: libertad e igualdad para todos los sudafricanos, pero garantizando al mismo tiempo el mantenimiento del poder económico de la minoría blanca. Ese fue el precio, algo que para muchos fue considerado una traición. De hecho, en Sudáfrica circula una leyenda según la cual en realidad Mandela había muerto en prisión en 1985, pero el régimen racista lo ocultó para evitar mayores tensiones reemplazándolo por un doble, un tal Gibson Makanda, quién habría facilitado el acuerdo final con los blancos. Fuera como fuere, la plaza lleva ahora el nombre de Nelson Mandela y, a mi juicio, el lugar posee aire de patio carcelario, de desesperanza, aunque visto así quizá sea lo más apropiado para su memoria.
Eduardo Soto-Trillo
