Fernando, nuestro pescadero, se ha jubilado después de muchísimos años de dedicación plena a su oficio y a su fiel clientela, de currar sin descanso, incluso con las manos hinchadas por el frío, y madrugar más que ningún otro mortal. Agárrense: se levantaba todos los días de labor a las tres de la madrugada para ir a Mercamadrid y luego estar al pie del cañón en su emblemática pescadería de la calle Esgrima, la de los célebres “pescados voladores”. Era uno de los escasos comercios tradicionales que todavía resistían, de esos que pasaban de padres a hijos como una ley natural que nadie osaba cuestionar. A nuestro pescadero le deseamos lo mejor, pues le situábamos en la misma jerarquía de consideración que al maestro de escuela, al médico de familia o al consejero espiritual. Se lo ganó a pulso.
Viene a cuento mencionar a Fernando porque, de un tiempo acá, me empeño en añorar a vecinos y comerciantes que se marcharon y rememorar épocas menos caóticas que la actual, pero sé que es absurdo anclarse en el ayer. Procuro zafarme de tanta nostalgia estéril y centrarme en el cúmulo de males que padece el Lavapiés de ahora, en este periodo de incertidumbres y miedos en el que, aunque vayamos a la deriva como sociedad, la gente no debería ser infravalorada, ya que sin ella no hay nada: ni miradas cálidas, ni rebeliones vecinales, ni tertulias de acera, ni abrazos que sanen, ni cine Doré, ni verbenas, ni flechazos, ni libros que asombren, ni música que penetre, ni citas a ciegas, ni conquistas sociales, ni teatros abiertos. Sí, se jubiló nuestro incombustible pescadero y el mundo sigue empeorando. Hoy todo es inmediatez y, si nos desconectamos del prójimo, la soledad nos irá poco a poco succionando las ganas de vivir, así que habrá que salir de la cueva y compartir la realidad.
Hablando de realidad, con gentrificadores y sin vecinos solo hay barrios muertos, el temor a que Mesón de Paredes o Ave María se acaben transformando en calles irreconocibles, desfiguradas, que ya no nos pertenezcan. Por suerte, la esencia de lo cotidiano brota de los patios de vecindad más humildes, donde aún quedan humanos que aman y aprenden a reilusionarse, a no rendirse; que a veces también sienten inquina y rencor; que sufren insomnio crónico a causa de la precariedad laboral o de verse abocados a un subsidio raquítico, pero que son muy capaces de convertirse en tribu y pegarse hasta con la codiciosa Administración local para defender con uñas y dientes sus casas de protección oficial y chafarles el pelotazo a sus ilustrísimas. No lo olviden: de la gente no se puede prescindir porque el día que eso pase nos iremos al carajo sin remedio.
En este planeta de violencia y locura extremas, hoy más que nunca hemos de cuidar nuestros afectos y relaciones como si fuera un deber inexcusable y fomentar la convivencia, y no los prejuicios, antes de que nos pudramos por dentro. Fortalecer los lazos de carne y hueso es el modo más eficaz de demostrar a los agoreros que el barrio aguanta y no se va a morir, ni hablar, y que los vecinos seguiremos atrincherados entre el jolgorio y la adversidad, la euforia y las depres, pateándonos las calles para saber qué ocurre en ellas sin esperar a que los sectarios nos cuelen su versión interesada. No, no quiero imaginarme un Lavapiés sumiso y en Babia, que acepte con estúpida resignación ser tildado de lugar degradado.
Porque el barrio está hecho de personalidades que se llaman Fernando, el pescadero al que tanto extrañaremos; Santos, el solidario párroco de San Cayetano; Ana, la peluquera peleona que exige a los políticos más vivienda social; Rosa, la idealista en paro que se desvive por los ancianos solitarios; Dani, el joven albañil que reparte comida entre los marginados, o Abeni, la camarera africana que escapó de la pobreza y que siempre ayuda a quien esté en apuros. Es así como se aborda el presente y se crea el futuro: con la suma de seres generosos que no dejan tirado a nadie. Un Lavapiés sin vanidades que ojalá logre ahuyentar a los especuladores, a los alienados, a los prejuiciosos y, en definitiva, a los indeseables.
Alejandro Flórez-Estrada Vergara
