Opinión

El mejor bien hablador

By 30 de abril de 2026No Comments

Acabo de terminar una discusión demoledora en mis recuerdos. Era un altercado con un cliente que se portó mal en la tienda de mis padres. Le dejé hecho pedazos y yo quedé de maravilla. Y es que cambiar las cosas en mi imaginación es mi droga. Luego me siento como si me hubieran dado un golpe seco cuando me doy cuenta de que estoy inventando los hechos. Supongo que estos son los efectos secundarios de mi adicción. Una pena que la increíble retórica y crítica moral con la que estaba azotando al cliente era un espejismo.

Ojalá tuviera una forma de grabar mis memorias, las que edito, claro, no las reales. De este modo, ¡me forraría y quedaría como un genio! En Lavapiés me llamarían “el tipo que habla bien” o “el que nunca pierde”, sin preguntarse por qué me meto en tantas discusiones. Tendría la autoestima tan subida por las nubes que no perdería tiempo en comer, ya que mi propio ego me mantendría lleno.

Sin embargo, la mayoría de mis discursos imaginarios son lamentables. Tanto que, sin una señal de aplauso sobre mí, nadie sabría cuándo reaccionar a lo brillante que soy. Pero me alegro de que sea así. Es difícil quedar mal en mi propia cabeza. Ojalá mis comentarios en la vida real fueran más acertados. Después de tantas conversaciones unilaterales ganadas en mis fantasías, aún tartamudeo las palabras en cuanto noto que hay el más mínimo conflicto.

De hecho, si pudiera escoger un superpoder, querría el de pausar el tiempo. Así, en cuanto me metiera en problemas, congelaría el tiempo para poder buscar una solución. Por ejemplo, un día alguien pregunta que por qué critico tanto al gobierno si tampoco sé mucho de política. Pondría el tiempo en pausa para buscar información interesante, pero nada útil, solo cosas para quedar bien. Después, pasaría a citar datos sin parar, como casos de corrupción, problemas económicos y la historia de España en un resumen muy tergiversado. Y acabaría con “y por eso digo lo que digo, así que no vuelvas a cuestionarme”, dicho con cara seria y cruzando los brazos. Eso sí es tener razón. ¡Uff! ¡Pero qué bien he quedado! Si es que de tan solo pensarlo me vengo arriba.

No solo sería capaz de contradecir a las personas, también sería muy útil para dar recomendaciones. Pongamos el caso de una persona que se hace un esguince. Tras mi investigación en el tiempo parado, diría “háztelo ver, que eso tiene pinta de que necesita amputación”. Y al acabar, siempre le daría un toque de sabiduría, asintiendo con la tranquilidad de quien nunca se equivoca. Cualquiera que se pasara por allí lo confirmaría, por la reputación que tengo en el barrio. 

Tal vez depender demasiado de las respuestas de Google me cause problemas. Aunque tenga tiempo infinito para pensar y hacer mi investigación, tampoco quiero esforzarme demasiado. Si Google dice que un esguince conlleva la amputación, pues ahí se queda la cosa, para qué pensar más. De todas formas, nadie se atrevería a cuestionar a alguien que sabe de todo un poco, que nunca se queda sin palabras y, sobre todo, que no tartamudea.

Si tan solo tuviera el poder de hacer todo el comentario imaginario en la vida real, todo encajaría mejor. A lo mejor no tendría que tirar tanto de la creatividad intelectual. Resulta que ganar discusiones se complica cuando el otro responde.

En fin, ojalá hubiera alguna forma honrada de quedar bien, sin hacer mucho esfuerzo, que para eso está mi imaginación. En mi cabeza, he quedado tan bien en el discurso que di durante la entrega de mi Premio Nobel. Si os lo contara, la gente aplaudiría hasta en la vida real. Pero eso ya lo doy por hecho.

 

  Riday Abdur Rahaman