Los otros Cansino: la familia en la sombra
Detrás del mito de Rita Hayworth existió una familia entera de artistas. Una familia que trabajó, viajó y vivió del escenario mucho antes de que Hollywood transformara a Margarita Cansino en icono universal. Sin embargo, cuando el mito se consolidó, muchos de esos nombres quedaron fuera del relato. Entre ellos, el de su tía Elisa Cansino, figura clave en la historia artística de la familia y hoy prácticamente olvidada.
Elisa Cansino Reina fue bailarina profesional y durante años compañera artística de su hermano Eduardo. Ambos se formaron en el mismo entorno: academias de barrio, cafés cantantes y teatros populares del Madrid de comienzos del siglo XX. La prensa los recoge desde muy jóvenes actuando en espacios como el Teatro Nuevo de la calle de la Encomienda, el Teatro Novedades de la calle de Toledo, el Romea de la calle Carretas o salas mixtas de cinematógrafo y varietés como El Madrileño, donde las funciones se sucedían por secciones desde la tarde hasta la noche.
Aquellos escenarios, modestos y exigentes, constituían la auténtica escuela del espectáculo popular. Elisa y Eduardo aparecen citados en la prensa como “notables bailarines”, dominadores del género que cultivaban, y forman parte estable del circuito profesional madrileño entre 1909 y 1913. No eran una curiosidad infantil, sino artistas en activo, integrados en compañías y programaciones regulares.
La emigración a Estados Unidos abrió una nueva etapa. Allí, los hermanos formaron el dúo The Dancing Cansinos, llevando el baile español al vodevil norteamericano. Actuaron en circuitos de gran prestigio, vinculados a empresas como Martin Beck Orpheum, recorriendo escenarios desde Chicago hasta California. En ese contexto, Elisa no fue una acompañante ocasional, sino una bailarina reconocida, con identidad artística propia.
En ese universo familiar, el arte no era una vocación individual, sino un oficio colectivo. La familia funcionaba como una unidad cerrada: se aprendía en casa, se ensayaba en familia y se actuaba con los propios hermanos. Fue en ese contexto donde creció Margarita Cansino. Antes de ser actriz, fue parte de esa maquinaria artística doméstica, observando, imitando y aprendiendo desde la infancia. Años después, Elisa recordaría que, con apenas cuatro años, Rita ya reproducía los bailes españoles de sus mayores y que una de aquellas improvisaciones infantiles provocó las risas y aplausos del público, convirtiéndose, según ella, en el primer éxito de la futura estrella.
El testimonio de Elisa, recogido en la prensa española durante una breve estancia en Palma de Mallorca en 1958, ofrece además una imagen muy distinta de la diva de Hollywood. Hermana de Eduardo Cansino, tía carnal y madrina de Rita, la describía como una mujer tímida, hogareña y sencilla, muy alejada de la femme fatale que el cine había popularizado. Atribuía sus fracasos sentimentales a la incompatibilidad entre ese carácter reservado y las exigencias de una vida pública extraordinaria. En la entrevista evocó también a Antonio Cansino y a Eduardo como figuras decisivas en la formación artística de Rita, reforzando la idea de que el talento de la actriz nació en el seno de una auténtica dinastía de artistas.
Con el ascenso de Rita Hayworth, la familia Cansino se fragmentó. Hollywood absorbió a una de sus integrantes y silenció al resto. El apellido fue borrado, la herencia española atenuada y la historia colectiva sustituida por un relato individual de glamour y triunfo.
Sin Elisa, sin Eduardo, sin los ensayos familiares, sin los teatros de barrio y sin el duro aprendizaje del oficio, Rita Hayworth no habría existido tal como la conocemos. Reconocer a los otros Cansino no es un ejercicio de nostalgia: es devolver a la historia a quienes hicieron posible el mito y quedaron, como tantas familias de artistas, en la sombra.
Carlos Sánchez Tárrago
