Francisco José Alonso Rodríguez
Presidente Liga Española Pro Derechos Humanos
Cada 24 de abril, el calendario se detiene en un punto exacto de la historia para recordar una de las mayores sombras de la humanidad: el Genocidio Armenio. No es una efeméride cerrada ni un capítulo estanco en los libros de texto; es una herida que supura en el presente, una demanda de justicia que se transmite por la sangre y una identidad forjada en la resistencia frente al olvido.
En 2015, el mundo volvió la mirada hacia Ereván para conmemorar el centenario de la barbarie iniciada por el Imperio otomano en 1915. Tuve el honor de ser testigo directo de aquellas jornadas de duelo y dignidad, representando a la Liga Española Pro Derechos Humanos y a la Federación Internacional Pro Derechos Humanos-España.
En aquel escenario, acompañados por figuras de relevancia mundial como George Clooney, el mensaje fue unánime: la memoria no es opcional. El genocidio que acabó con la vida de casi 1.500.000 armenios no solo buscaba la eliminación física de un pueblo, sino el borrado absoluto de su cultura y su futuro. Sin embargo, lo que encontramos en Armenia no fue un pueblo derrotado, sino una nación de pie.
Uno de los aspectos más desgarradores y, a la vez, poderosos del pueblo armenio es la naturaleza de su trauma. Como bien se palpaba en aquellas jornadas de 2015, el dolor se transmite sin palabras. Es un legado silencioso que viaja de abuelos a nietos; una mirada, un suspiro o el peso de un apellido que carga con la historia de quienes tuvieron que marchar al desierto para no volver.
Este trauma transgeneracional ha configurado una diáspora única. Casi otro millón y medio de seres humanos se vio obligado a dispersarse por los cinco continentes, creando colonias armenias que hoy son pilares culturales en ciudades desde Buenos Aires hasta Los Ángeles, pasando por París y Madrid.
«Cuando dos armenios se encuentran en cualquier lugar del mundo, veréis que crearán una nueva Armenia».
Esta frase del escritor William Saroyan resume la esencia de la supervivencia. La «nueva Armenia» no es un territorio físico, sino un estado mental y espiritual que se reconstruye allí donde una superviviente planta su semilla.
A pesar de la magnitud de la tragedia y del reconocimiento progresivo por parte de diversas naciones, la sensación de impunidad sigue flotando en el aire. El genocidio de 1915 fue el preludio de otros horrores del siglo XX, y hoy, en pleno siglo XXI, observamos con amargura que la humanidad parece no haber aprendido la lección.
La negación sistemática y la indiferencia geopolítica siguen siendo los mejores aliados de la injusticia. Pensamos que tras las cenizas del siglo pasado habríamos blindado el mundo contra el exterminio, pero los conflictos actuales y la persecución de minorías nos demuestran que el «nunca más» sigue siendo un anhelo y no una realidad consolidada.
Recordar el 24 de abril no es solo un acto de respeto hacia las víctimas del pasado; es un imperativo ético para el presente. Mientras no exista un reconocimiento pleno y una reparación moral global, el genocidio armenio seguirá siendo una tarea pendiente para la conciencia internacional.
Desde nuestra labor en la defensa de los derechos humanos, seguimos reafirmando que la memoria es la única herramienta capaz de vencer a la muerte. El pueblo armenio sigue aquí, recordándonos que la verdad no se puede enterrar, por muy profunda que sea la fosa.
