Opinión

Corazón o retaguardia

By 4 de junio de 2026No Comments

No me motiva vegetar en la comodidad de ninguna retaguardia, ni siquiera entregarme al placer terrenal de repanchigarme sin remordimientos en el sillón del salón de mi casa y que me importe un bledo lo que ocurra fuera, en Lavapiés y en el planeta entero. Tampoco me apetece quedarme tirado en la cama hasta el infinito, acurrucado y aislado de todo, lloriqueando porque el mundo me aterra y tapándome la cara con la sábana con la que enjugo mis lágrimas. Menos aún me seduce la idea de enrocarme en el victimismo y culpar de mis males a la fatalidad, como si mis recurrentes descensos a los infiernos emocionales no tuvieran solución.

Ni en broma bajaré las persianas de mi hogar para camuflarme en la oscuridad, ni cerraré a cal y canto las ventanas, ni levantaré una barricada en la puerta de entrada. No me esconderé en el ropero ni les diré a mis vecinos que se olviden de mí y no vuelvan a tocar el timbre para pedirme un limón o una cebolla. Claro que pueden seguir haciéndolo. No voy a ser el típico huraño que se atrinchera en casa por temor a que el prójimo le contamine o le chupe energía. No probaré la sologamia ni degeneraré en un yonqui del onanismo, el ombliguismo, el narcisismo, el egocentrismo y todo lo que acabe en “ismo” y tenga que ver solo con uno mismo. Ni borracho creeré, aunque me acometiera un arrebato de misantropía, que la indiferencia es felicidad y que debo pasar de los demás y sus problemas. Me equivoco mucho, pero no delegaré en nadie para que fracase por mí ni eludiré implicarme en los asuntos que conciernan a mi barrio y a mi coherencia. Y, como no aspiro a ahogarme en mi propia mezquindad, jamás renunciaré a la lucha colectiva y su corazón. 

Recelo de la retaguardia porque es el ficticio remanso de paz adonde nos envía el poder para desactivarnos y adocenarnos, y que así desistamos de cualquier propósito noble. En las altas esferas quieren que, ya que el ser humano se vuelve peligroso para el sistema si piensa por su cuenta, acatemos sin rechistar sus directrices y con unas tragaderas tales que nos dé igual que nos vacilen sin pudor o incluso que nos meen encima. Pretenden que languidezcamos en el sofá o en el camastro mientras crecen las injusticias. En resumen, que no atendamos, que no deduzcamos, que no desenmascaremos a los trileros y no cuestionemos ningún relato impuesto, ninguna estrategia diseñada para convertir al ciudadano en un individuo solitario, pusilánime, desconectado de sus semejantes y convencido de que su existencia es irrelevante. 

Pero nuestras vidas son únicas, empezando por lo cotidiano, el día a día de nuestros barrios y las odiseas de sus habitantes. A mí la realidad me zarandea cuando salgo de la retaguardia, me adentro en el Lavapiés profundo y me topo con Juan, un vecino que ha perdido salud porque no puede, ante el encarecimiento de los alimentos, pagarse una cesta de la compra nutritiva. O cuando coincido con Ana, una buena amiga que, angustiada, me dice que en su patio de vecindad se rumorea que un fondo de inversión es el nuevo casero y que va a echar a los inquilinos según vayan venciendo los contratos de alquiler. O cuando me encuentro con Luisa, una anciana que afirma que no hay peor artrosis que la soledad incrustada en los huesos y envejecer sin que nadie te pregunte alguna vez cómo estás, en una sociedad enferma de individualismo. O cuando noto la frustración y la rabia de Raúl, un autónomo al que, en estos tiempos de cambios de paradigmas, no le ha quedado otra que cerrar su tienda de barrio, su ilusión. 

No, no somos anecdóticos, en absoluto. Somos dolor y miedos acumulados, pero también fuerza, resistencia, esperanza, una amalgama de dudas y contradicciones que nos ayuda a adaptarnos a cualquier imponderable. Y, aunque a menudo nos puedan las miserias o surjan canallas capaces de perpetrar toda clase de actos deleznables, albergamos en nuestro interior sentimientos muy valiosos, un tesoro a veces ignorado que solo hallaremos en el corazón de la primera línea de combate, al lado de la gente comprometida, y no en el lugar más gris del mundo: la retaguardia.

 

Alejandro Flórez-Estrada Vergara