Hagamos algo diferente por esta vez, apartémonos de los canales tradicionales de distribución y practiquemos una aventura de exploración cinéfila y viajes en el tiempo, no se van a sentir defraudados. Nirvanna the Band the Show the Movie es justo todo eso y mucho más. Es un alegato de amor al cine y la televisión, a la cultura pop; es una obra de ingeniería autorreferencial, un monumento al trabajo de trastienda, al montaje como precursor de la obra y no como herramienta para encolar la tarea previa de escribir un guion, producir, rodar, etc. Es un viaje en el tiempo, real, donde los personajes no salen maquillados o rejuvenecidos con CGI, viajan al pasado e interaccionan con sus yoes de hace veinte años por las calles de Toronto en 2008. Es un acto de sinceridad creativa y, extrañamente, de fidelidad a una idea.
La cinta se estrenó en febrero de 2026 en cines de Estados Unidos y Canadá después de haber completado el circuito habitual de festivales para producciones independientes. Su periplo en salas se zanjó con un más que notable resultado, extendiéndose por hasta 384 cines en su pico, y permaneciendo programada por un máximo de seis semanas. Esta buena acogida por el público americano no ha sido suficiente para que las distribuidoras españolas hayan adquirido los derechos de exhibición, por lo que visionarla en España supondrá una pequeña odisea.
Matt Johnson, que escribe, dirige y protagoniza este invento, es un guerrillero cándido, carente de malicia, un morador extraordinariamente dotado en un submundo tan complejo como es el del cine independiente. Destaca su honestidad respecto a sus proyectos, sin arrogarse esas ínfulas de auteur que contaminan a casi la mayoría de cineastas anglófonos aspirantes a premio especial del jurado. Parte de la misma premisa que inició su carrera audiovisual en la web serie Nirvana the Band the Show (2007-2009) −sí, luego añadieron una segunda n a Nirvana−, dos personajes interpretándose a sí mismos embarcándose en ideas delirantes de autopromoción para poder tocar en una modesta sala de conciertos en Toronto. Que sean los mismos personajes con las mismas aspiraciones de sus veinte años le otorga ese punto de tensión dramática necesario para construir el armazón argumental de sus peripecias y, a su vez, le proporciona la coherencia necesaria para que no chirríe ningún componente por absurdo que parezca. Porque las aspiraciones de los personajes son las mismas, pero bajo el prisma del desencanto sentimental del cuarentón, que mira con nostalgia su reflejo y reflexiona sobre la creatividad y la relación de esta con el éxito o el reconocimiento de los demás. Escrita sobre material de archivo descartado de más de cien horas, grabado en MiniDv y rodada en formato de falso documental, Matt hiperboliza un retrato de sí mismo que luego lanza a un mundo real para que interaccione con él, haciendo que el entorno y sus habitantes participen de la propia creación de la película.
Hay un componente de provocación amable, ingenuamente idealista, donde hacer cine no es el objetivo, sino llevar el cine a la calle, la ficción a lo real y después hacer la película. Una suerte de intervención artística en la que de forma paradójica la figura de un autor omnipresente comparte el grado de autoría con todas las personas involucradas en su desarrollo y rinde especial homenaje a la amistad inquebrantable entre Matt y Jay MacCarrol, sin la cual este film jamás habría existido.
Manuel Reñones
