Cultura

La libertad para la que no estamos destinados

By 4 de noviembre de 2026No Comments
Cartel de la película ROSE con un retrato en blanco y negro y letras doradas sobre fondo oscuro

Manuel Reñones Prieto

Noviembre nos reserva una pequeña joya, Rose, del actor y director austriaco Markus Schleinzer, conocido principalmente por ser el director de casting de Michael Haneke. Al igual que lo fue Ida, de Pawlikowski, Rose representa un latido esperanzador en el cine de autor europeo, ambos films parten de una propuesta formal idéntica, la elección del blanco y negro no como medida estética, sino como elemento cohesionador del relato, y en ambos la propuesta se ordena alrededor de personajes femeninos que se ven impelidos a ocultar su identidad y a asumir una diferente para encajar en comunidades rígidas y coercitivas. La fotografía de Gerald Kerkletz es digna de mención, irrumpe como un milagro en un blanco y negro abrumador, otorgando profundidad y volumen a personajes y fondos, una riqueza de grises que recuerdan al maestro Sven Nykvist, el mejor socio de Bergman. Y la dirección excelsa, tomando decisiones con valentía, alejando al personaje de la emoción bobalicona del espectador, haciéndoles permanecer puros en sí mismos, limpios, ajenos al escrutinio sentimental que de otro modo habría enturbiado la finalidad de la obra.
Schleinzer asume riesgos de director con carácter, entre ellos evitar el discurso moral en temas espinosos como lo son la cultura del patriarcado o las “sociedades canónicas” frente a la libertad del individuo. Y esto ya es un gran punto a su favor, porque de lo contrario la propuesta cardinal del film se habría visto reducida a un puro ejercicio de estilo. Esa coherencia le aporta aún mayor validez y relevancia. Rose no habla de transexualidad ni de feminismo ni de opresión patriarcal, habla de la supervivencia del individuo frente a la rigidez de las normas morales en la sociedad. El personaje de Sandra Hüller, excepcionalmente interpretado, no pretende ser un hombre ni asumir un rol identitario, simplemente alcanzar la libertad suficiente para poder desarrollar sus necesidades vitales, existir al fin y al cabo. Una existencia que para ciertos grupos sociales a lo largo de la historia hasta el día de hoy es sumamente mucho más complicada, ya sea por su condición, sexo, color de piel, origen o divergencias corporales. En un momento de la película, Rose reconoce que adopta su decisión no por el afán ilegítimo de engañar, sino porque “hay más libertad en unos pantalones”. Los pantalones representan una parte de un conjunto mayor que viene a conformar la institucionalización de las máscaras que adoptamos en comunidad, de las que nos servimos para establecer unos patrones de conducta, unas normas de convivencia que han de transcender al individuo y que nos permitirán pertenecer a algo más grande que el nosotros. La máscara nos permite vivir en sociedad, pero también nos anula como individuos, porque se adopta bajo normativa, que por naturaleza es rígida, y aún más si las máscaras que adoptamos vienen consignadas, en gran medida, por el linaje, por el sexo y por nuestro cuerpo: el cuerpo biológico como elemento determinador de un destino impuesto por las instituciones. La comunidad no juzga moralmente la valía del individuo, ni si este o sus obras repercuten de manera beneficiosa para el grupo, juzga la ruptura de la mascarada o la usurpación del rol preestablecido. Y en el hoy hemos diversificado y ampliado el abanico de máscaras, pero continuamos rigiéndonos por códigos de conducta muy similares a la agreste y pacata comunidad alemana del siglo XVII de la película.
En definitiva, Rose es una estimulante reflexión sobre la libertad y supervivencia del sujeto frente al grupo, cómo la adopción de roles nos concede el sentido de pertenencia y cómo las instituciones consignan el quién y el debe. Si inclinamos la vista hacia nosotros mismos constataremos qué máscaras utilizamos, a qué grupo nos fuerzan a pertenecer y el tamaño de nuestro deleite al afiliarnos a ellas.

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