Opinión

Olga no cuenta

By 12 de octubre de 2026No Comments
Retrato de una persona de cabello largo con gafas sobre la cabeza y pañuelo estampado

No me lo podía creer… Después del terremoto mediático por el desahucio de Mari Carmen me llegó, y supongo que no de un modo inocente, el caso de Olga en Cataluña. Una mujer sola y desesperada, víctima de un desahucio, se dirigía al Parlamento catalán pidiendo ayuda. Decía que se quedaba en la calle con dos niñas y en paro, y que no veía salida y pensaba en el suicidio.
Olga no recibió ninguna ayuda y no sabemos si algún “sindicato” de vivienda se interesó por ella. Ahora Olga se ha quitado la vida y es también utilizada por la derecha para oponer su caso al de Mari Carmen. Pero lo que más jode de este caso es que es verdad.
En el caso de Mari Carmen, el Ayuntamiento y sus servicios sociales le estaban prestando ayuda domiciliaria. Parece que hay un informe de los servicios sociales del Gregorio Marañón diciendo que no puede vivir sola. Si no estoy desinformado, no solo la Comunidad de Madrid ofreció a Mari Carmen residencias en la región para responder al argumento de que esas residencias la alejan de su vida y su barrio, sino que el Ayuntamiento (supongo que después del escándalo) le ofreció residencia en Chamberí, Ciudad Lineal y Salamanca. Ayuntamiento y Comunidad fueron cumpliendo con las formalidades, y además es verdad que el desahucio tampoco fue “su cosa” y que estrictamente se trata de la aplicación de la ley “socialista” que pretendió terminar con los alquileres “franquistas” de renta antigua y que la policía nacional, a las órdenes del delegado del Gobierno, ejecutó la sentencia del juez. Los esfuerzos para terminar en Ayuso son un poco forzados, y es un hecho que la derecha no vota la ley de vivienda que se pretende desde la izquierda a la izquierda del PSOE, como tampoco vota esa ley los socios de derechas de Pedro Sánchez.
Todo muy enrevesado, todo muy mediático y todo muy mentiroso, y la sensación de que ha venido muy bien para poner fin a todo lo de Ceuta, los flujos de migrantes, la ley de nietos, las corrupciones del Gobierno y otras hierbas.
A los viejos que no pueden vivir solos no les gustan las residencias, y a las familias de sus ocupados hijos, salvo en casos contados, no les gustan los viejos que no pueden vivir solos. No gustando esas residencias, la posibilidad de disponer de una plaza cada vez es más difícil.
Mi sensación es que el debate está trucado, y que envejecer y ser asistido de un modo adecuado es un problema que no está resuelto en absoluto. Desde mi punto de vista, y si alguien se escandaliza a mí me da lo mismo, a Mari Carmen le sobra un piso de cien metros cuadrados y con tres dormitorios, y que una residencia que no se viva como un presidio o una habitación en un piso tutelado podían haber sido una “solución habitacional”. No sé si he leído que el piso de Mari Carmen no tiene ascensor y, al verla en silla de ruedas o postrada en una cama, empiezo a no entender casi nada.
Algunos actores y cantantes chupando cámara me sobran en la historia y me parecen muy ridículos, y últimamente me ocurre que donde otros se emocionan y “pringan el moco” yo solo veo un esperpento ridículo.
El asunto de la vivienda en un problema serio y que afecta cada vez a más gente, y en el caso de las regularizaciones y los incrementos de población mucho más. Los migrantes hacinados en pequeñas viviendas, en habitaciones insalubres o realquilando camas y habitaciones no son el mejor modo de ofrecerles una vida digna. Quien migra viene a Europa porque espera unas condiciones de vida dignas en lo que hace a salud, educación, vivienda, transporte y oportunidades en general. Pero ese es otro debate.
Los ancianos y su cuidado son sobre todo “nuestros” ancianos y, aunque cada vez hay más reagrupados, la inmensa mayoría son de aquí o incluso los que pueblan la costa también proceden del centro y el norte de Europa.
Olga no cuenta porque le faltan años y la imagen de su cuerpo después del suicidio no es tan mediática como la abuela rodeada de policías fornidos bajando en una camilla. A Mari Carmen le cantan bonitas canciones y los jóvenes del Sindicato de Inquilines, con las cosas tan claritas y tan locuaces y declamativos, también la llenan de cariño. A Olga hay que enterrarla y mejor no preguntar qué será de sus hijas.
Una mujer sola y desesperada pidiendo ayuda a un Gobierno autonómico catalán, de izquierdas y que, además, no quiere aportar ni un céntimo a la solidaridad entre regiones invocando la mierda de la “ordinalidad” es algo que no vende. Lo dicho, Olga no existe.

Javier J. Herranz Aguayo

Más artículos de Javier J. Herranz Aguayo