Francisco José Alonso Rodríguez
Presidente de la Liga Española Pro Derechos Humanos
Hay artistas que no interpretan la vida: la sangran sobre el escenario. Manolo Tena (1951-2016) pertenece a esa estirpe inextinguible de poetas malditos que transformaron la urgencia urbana y el temblor de la noche en alta literatura cantada. Nacido en Benquerencia de la Serena, Badajoz, encarnaba ese espíritu del extremeño de cuna que encuentra su verdadero hogar en el asfalto. Al llegar a la capital, echó raíces en el madrileño barrio de Lavapiés, donde vivió como un vecino más, mimetizándose con su paisanaje y extrayendo de sus calles la poesía cruda que más tarde alimentaría sus canciones.
Dotado de una sensibilidad lirica desbordante y una voz rasgada modulada por el dolor, Manolo Tena no fue solo un referente de la Movida con Alarma o un triunfador masivo con Sangre española; fue un artesano de la palabra forjado a sí mismo. Un autor cuya profundidad compositiva resiste sin pestañear la comparación con la narrativa lírica de Bob Dylan o la fuerza visceral de Led Zeppelin. Tenía la rara habilidad de unir la agresividad del rock con una delicadeza mística, convirtiendo sus letras en obras de arte imperecederas.
Sin embargo, su luz deslumbrante caminó siempre de la mano de una sombra voraz: la adicción. La droga destrozó su carrera, fracturó su salud y condicionó su existencia cotidiana. En esa búsqueda incesante de aire y redención, el itinerario de su vida lo llevó a residir en México y Miami, además de pasar largas temporadas en Cuba. La isla caribeña fue escenario de múltiples ingresos e internamientos en clínicas de rehabilitación, periplos de silencio en los que buscaba desesperadamente reconstruir su cuerpo y su mente lejos del ruido mediático. Nunca se olvidaba de su barrio, Lavapiés. Afirmaba: “Es donde verdaderamente me siento en casa”.
Lamentablemente, la adicción no solo minó su vida física; lo convirtió en víctima perfecta para la picaresca más ruin. En los momentos más oscuros de la dependencia, cuando la necesidad de conseguir pequeñas sumas para comprar droga sofocaba cualquier visión de futuro, una cohorte de especuladores se abalanzó sobre su patrimonio más sagrado: sus derechos de autor. A cambio de cantidades irrisorias para financiar el consumo inmediato, estos “carroñeros” despojaron al artista de la propiedad intelectual de sus obras maestras. Fue el trágico expolio de un genio vulnerable, desarmado ante la frialdad de quienes comercializaron con su desesperación.
Pese a la ruina y la injusticia, el valor cultural de Tena permanece inalterable en la memoria popular. Su figura cobra un sentido aún más profundo al ponerla en diálogo con creadores de su misma estirpe, como su gran amigo Joaquín Lera. Cantante, compositor y escritor, Joaquín Lera es considerado por muchos críticos y melómanos como el verdadero “Bob Dylan español”. La complicidad entre Manolo Tena y Joaquín Lera representa la resistencia de una generación de músicos que entendían la canción como un compromiso ético y poético indoblegable.
Rendir homenaje a Manolo Tena es un acto de justicia histórica. Debemos recordar al extremeño de Lavapiés, al trotamundos que peleó contra sus demonios en clínicas cubanas; pero, sobre todo, al deslumbrante escritor y músico absoluto que regaló a España algunas de las mejores páginas de su cancionero. Su legado, por encima de las trampas y el dolor, sigue sonando indomable.
Quiero recordar que su canción emblemática, Sangre española, la escribió para Rosario Flores, que la rechazó, y lo mismo hizo Luz Casal. Entonces decidió grabar todas aquellas canciones que los compañeros no le grabaron. Manolo Tena compuso canciones para muchos artistas, entre ellos, Miguel Ríos, Ana Belén, Luz Casal, Rosario Flores, Ricki Martin, Azúcar Moreno. Asimismo, colaboró con Luis Eduardo Aute componiendo y sus compañeros le eligieron en dos ocasiones miembro de la directiva de la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores).
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