Opinión

Accidentes ‘in itinere’ X

By 12 de octubre de 2026No Comments

Matías Kítever

Después de nueve meses en el Barco, logré que el Capitán declarará la totalidad de las horas que yo hacía. Quizás abusé un poco, debo reconocerlo, porque, aprovechando que después de la pandemia no era fácil encontrar cocineros, puse condiciones que hasta el día de hoy, y a pesar de las campañas “por un salario decente en la restauración”, el convenio jamás reconocería. Desde ese momento me sentí intocable, protegido, y, si no, ¿para qué sirven los contratos? Disfruté como nunca el trabajo como cocinero, había adquirido cierta destreza y podía tomar decisiones. Había llegado a ese lugar del que me habló R una vez, en el que todo transcurre como en cámara lenta y las acciones se suceden, una detrás de otra, en perfecta armonía. Estaba sanando las heridas del ego. La voz estaba ausente y en silencio vivía el instante. Volvía a casa sin hacerme preguntas o cultivar paranoias menores. El martilleo se marchó, el murmullo insolente que estaba cavando un hueco en mi cabeza había desaparecido. Las cicatrices siempre quedan bien. Había entendido a la perfección eso de que el que piensa pierde, de que no hay tiempo para hacerse preguntas en la cocina, de que la práctica gobierna el universo y la respiración el movimiento. Experimenté por primera vez una gran calma, sentí que las palabras estaban de más, cómo la mirada se ampliaba y la escucha era plena. Mi cuerpo se desplazaba por la cocina bailando una milonga mientras mis compañeros, yendo y viniendo al ritmo del voy, detrás, oído, rozaban mi cuerpo dándole forma a una danza escalofriante y placentera. Lo estábamos pasando bien, habíamos construido un lenguaje de señas y miradas durante el servicio y llegábamos siempre a tiempo a cada mesa. Todos estábamos contentos, el inventario estaba al día, la coreografía y el decorado a punto. Si Ana, Davi, Bárbara o cualquiera de los otros camareros no tenían contrato, no importaba. Por ahora. Eso hacía feliz al Capitán. El diazepam y el consumo de otras sustancias eran cosa del pasado. Todo estaba en su lugar y en lo profundo de mí sabía que me convertiría en un gran cocinero (esto último constata que el ego seguía ahí, arando el sueño de grandeza y reconocimiento, preparando la gran caída). Estaba llegando a ese punto en el que tenía una historia que contar, una historia de transformación, sufrimiento y duelo, como le gusta a la prensa, una en la que al final hay un vencedor, uno que se alza contra las condiciones de nuestro tiempo para gritar ¡se puede!, si quieres, ¡se puede!, tus sueños pueden hacerse realidad, trabajar paga, madrugar también, el ascensor social no está averiado y estoy aquí para recordártelo, yo soy Fernando Puertas, el que se despierta y ya está cansado. Hijo de funcionarios, denominación de origen controlado, hago parte de una clase media perseguida, ahogado en deudas que hacen vivir de lujo a los que especulan con el sufrimiento y la desinformación, diagnosticado con trastorno de ansiedad generalizado y pánico, obtuve un doctorado en Humanidades, dos días después de entregar la tesis tuve un accidente cerebrovascular, me recupero con una parálisis temporal del lado izquierdo. Parado de larga duración y agobiado por las deudas, me reciclo en la cocina cuando ya nadie quiere hacer este oficio y brillo.
Abro los ojos, es una ilusión más. Me pitan los oídos y siento el peso en mi pecho. De nuevo el corte y los días partidos. Sin horizonte alguno. O alcanzar el éxito y evitar, sobre todo evitar, una afable, anónima y placentera vida mediana con mis amigos y mi familia, con lo justo y necesario para caminar de la mano con mi enamorada mientras el viento me da, me lleva el sombrero, me alborota el pelo y me hace pensar que tú para mí eres un consuelo, eso es lo que quiero y no sufrir más.

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