Pongamos que hablo… de teatro
Esther Bravo
He vuelto. Y tengo un problema, nada que no pueda solucionar.
Después de un año escribiendo una columna que se llama Pongamos que hablo de teatro, he llegado a una conclusión un tanto preocupante: no quiero seguir hablando de teatro.
Bueno, no exactamente. No quiero seguir hablando de teatro como lo he hecho hasta ahora, durante estos meses. He hablado del público, de los actores, de las entradas, de las giras, del equipo técnico, de lo que ocurre detrás del telón y algunas cosas más. Algunas las conocía bien; otras, seguro que me he metido donde nadie me llamaba. Pero aquí estoy de nuevo.
Cuando empecé a pensar en esta segunda temporada, hice lo que hacemos todos en septiembre: nuevo curso, guardamos bañadores, nos ponemos a dieta, gimnasio y ordenamos las cosas, así que preparé un listado de posibles temas. Muy correcto, muy razonable y muy aburrido (el listado).
Así que pensé: “No”.
Si vamos a pasar otro año juntos, vamos a complicarnos un poco la vida. Por lo que este año no voy a contarles cómo se produce una obra teatral ni dónde está el público joven, si las entradas son caras o baratas, si clásico, contemporáneo o mejor un musical. De esto ya hemos hablado.
Vamos con otras cosas. Me interesa hablar de dinero. Sí, de dinero, esa palabra que en cultura pronunciamos bajito, como si ganar dinero haciendo teatro fuera ligeramente sospechoso.
Me interesa preguntarme si todo lo que producimos merece ser producido. Y, si todo lo que producimos, merece una subvención.
Quiero hablar del fracaso. Del de verdad. No de ese fracaso estupendo que, hablando unos años más tarde, fue “un maravillosos aprendizaje”. Hablo de cuando sale mal, de cuando el público no va, cuando te equivocas. Cuando pierdes dinero. Cuando esa idea tan buena resulta que… no era tan buena.
Quiero hablar del éxito también. De esa obsesión por colgar el cartel de “localidades agotadas para todas las funciones” y de si llenar un teatro significa haber hecho un buen teatro.
Quiero hablar de los egos. De los ajenos y, ya puestos, de los propios. De los círculos cerrados. De por qué algunas personas trabajan constantemente mientras otras, igualmente talentosas, esperan una oportunidad.
Hablaremos de los programadores, de los productores. De las subvenciones, de las decisiones que nadie sabe muy bien quién las toma ni cómo las toma. De si hacemos teatro para el público o para nosotros mismos.
No tengo respuestas para estas cuestiones. Y esta es la novedad de este segundo año de Pongamos que hablo de teatro.
El año pasado les conté algunas cosas que aprendí después de muchos años trabajando en este oficio. Este año quiero dudar de algunas de ellas.
Porque, cada vez que paso más tiempo en el teatro, menos certezas tengo sobre él. El teatro es un misterio. Aunque hay una que siempre permanece: después del presupuesto, las llamadas, cerrar el elenco, encontrar un teatro, por fin después de todo esto, se apagan las luces, alguien sale a escena, un grupo de desconocidos guarda silencio y entonces sucede algo. A veces maravilloso, a veces regular y a veces, admitámoslo, bastante malo.
Pero seguimos volviendo. Yo también.
Este año no quiero explicarles el teatro: quiero discutir con él. Preguntarle cosas. Defenderlo y darle un tirón de orejas cuando sea necesario.
Algunos meses estarán de acuerdo conmigo, otros no. Si alguna vez, cuando terminen de leer la columna, piensan “esta mujer no tiene ni idea”, no pasa nada. Habremos empezado una conversación.
Bienvenidos a la segunda temporada.
Pongamos que hablo… de teatro.
Nos leemos en octubre.
