No sé si aún existe el barrio de Embajadores, pero Lavapiés, lo que conocimos como Lavapiés, ya no existe…
Lavapiés podría haber soportado cualquier cosa, pero tanto tonto y tanta tonta juntos y tanta impostura han podido con esta construcción social, humana y también con entidad física y paisaje urbano.
La falta de libertad, la policía woke y los perroflautas con subsidio y ayudas públicas a manta no han sido capaces de heredar el barrio. Desde luego tampoco toda esa cosa multicultural que no es “multi” por diverso, ni mucho menos “cultural”. No han sido tanto los pobres turistas de hostel barato o piso turístico, han sido los que fingen ser de barrio y demandan bares y fiesta muy poco barriales y a precio de oro, esos que en la vida se han tomado un carajillo o un chato de vino y tampoco un buen café de puchero.
Todo lo que parece progre y de izquierdas en Lavapiés tiene tantas subvenciones y tantas condiciones que cada discurso repetido y sobreactuado produce náuseas.
Lavapiés o es “auténtico” o no es, y si se llama a sí mismo vecino el que está aquí de visita o de paso, y vino desde muy lejos a vivir aquí para tirarse el rollito modernete, no ha pasado la prueba de fuego.
Los “fachas” que también había en Lavapiés entre tanto revolucionario de cartón piedra han soportado mucho mejor el paso del tiempo y, por lo menos, se quedaron congelados en las nostalgias y las tradiciones madrileñas, que serán antiguas y casposas para algunos, pero, por lo menos, no son mentira.
Las batucadas y las cosas étnicas han terminado siendo otro decorado hueco para turistas, y eso del Lavapiés multicultural hace ya mucho tiempo que no se lo cree nadie, y mucho menos los “racializados”. Lavapiés era libre y transgresor, y aprendió a vivir con las tradiciones católicas en un acuerdo de “no agresión” y respeto de espacios, y no ha soportado la cosa islámica de la calle llena de tíos y las mujeres en las cocinas. Decíamos que si llegaba Vox volvería a meter a las mujeres en las cocinas, y algunas de estas no han salido de ellas y no respiran sin el permiso del marido o la suegra.
Simular una revolución y un cambio profundo de estructuras políticas para terminar mendigando un espacio en los medios públicos, una taberna sin alma que aún tiene pinta de restaurante hindú y un chaletaco en la sierra no es una traición, es un sainete ridículo.
Deben querer que se perpetúe Ayuso y Almeida cuando nos presentan como candidatos a Mónica García, la niña siniestra de la OMS, y a Óscar López, que traicionó al que después ha traicionado a todo el mundo y lo ha perdonado para humillarlo en una lista por Madrid. Los que no podemos ni queremos votar a la derecha no vamos a poder salir de la abstención hasta que las ranas críen pelos si nos presentan candidatos tan deficientes constantemente.
Lavapiés ha sido el último reducto de voto a una izquierda que ya no es izquierda y me parece que, a la luz de lo que la gente viene contando en los espacios de reflexión y de debate, es una fábrica enorme de “no votantes” cada vez más activos.
Aquí, en Lavapiés, no cuela lo de los “jueces fachas”, los “periodistas fachas” y las justificaciones para tragarse las cosas de RTVE y el nuevo canal que van a regalar al mismo al que ya le regalaron otro canal también privado.
Lavapiés ha perdido chispa, Lavapiés, que era sobre todo su gente, se está desangrando de buena gente que se está trasladando a Carabanchel, Vallecas o Usera. Cuando los turistas se den cuenta de que ya no queda casi nada auténtico por aquí, los turistas también dejarán de venir y solo quedará la gente tirada por la calle y la basura.
No se toman en serio a vecinos y vecinas que quieren de verdad a este barrio y que dicen lo que piensan, a pesar de la censura de otras gentes que solo fingen quererlo. En ningún momento, y menos desde la izquierda política o cultural, se debería haber aceptado que el recibimiento generoso de migrantes supusiera retroceso en valores y derechos, o nuevas injerencias de las religiones en la vida de la gente.
Ya no engañan a nadie, la gente respeta el recuerdo y el modelo del viejo Lavapiés que era cualquier cosa menos un espacio impostado y mentiroso. Aquí la gente echa muchas cosas de menos y te hablan de sus nostalgias. Pero lo que ya no soportan es que les repitan las mismas trolas o que les quieran decir lo que pueden o no pueden decir o pensar.
Javier J. Herranz Aguayo
