En esta guerra cultural que vivimos, muchos progresistas impulsan la teoría del avance del racismo, la xenofobia y la ultraderecha en España. Este dogmatismo extremista que etiqueta de fascista o racista a todo aquel que se salga de lo políticamente correcto o critique el modelo migratorio es una de las formas de arrinconar al ciudadano que pierde derechos cada día, de acallar los justos reclamos de una vida digna, y se ha convertido en un arma fundamental para el globalismo en su ambición de transitar a un régimen tecnocrático fuera de los mecanismos de control democráticos.
Lo paradójico es que muchos biempensantes creen que solo la ultraderecha nos puede llevar a una involución democrática. Pero la realidad es que aquí estamos recorriendo ese camino de la mano de una izquierda fagocitada ideológicamente por un poder global con intereses nada progresistas, que practica la guerra híbrida contra las sociedades con mayor concienciación democrática, que suponen el mayor freno a sus ansias de dominación global y control social. Para entender esto nos puede ilustrar el libro La doctrina del shock, donde Naomi Klein nos cuenta como, para instaurar políticas lesivas e impopulares, las catástrofes, el caos económico, los fuertes impactos psicológicos y la emergencia social son el escenario ideal.
Las migraciones masivas desde países con un gran déficit democrático cumplen este objetivo de crear la desestabilización social, la presión económica, la degradación de los servicios sociales, la inseguridad ciudadana y el choque cultural necesarios. No hablo de las personas que migran por guerras, hambrunas, persecuciones políticas o religiosas, a las que se debe tramitar el asilo. Estoy hablando de irrupciones masivas, planificadas y motivadas por nacionalismos exacerbados, intereses espurios y que forman parte de estrategias geopolíticas de presión y chantaje, como las ejercidas por la dictadura expansionista de Marruecos. Estas no pueden ser clasificadas como crisis migratorias.
Los seguidores del relato de que Europa es racista utilizan un mecanismo perverso de manipulación social, apelando al chantaje emocional y al sentimiento de culpa subyacente, justificado por el colonialismo de las antiguas potencias europeas sobre África. Sin embargo, muchos países llevan en torno a 70 años siendo independientes y deberíamos ir comprendiendo que, en el escenario geopolítico del siglo XXI, Europa ya ni coloniza ni pinta nada.
Es necesario reflexionar sobre el odio, la venganza y si los descendientes de los colonizadores de siglos pasados deben pagar por los delitos de sus antepasados, o son manifestaciones actuales de un resentimiento profundo que solo pueden traer más violencia y muerte. Los simplistas siempre plantean el racismo en una sola dirección, desde Occidente hacia otros, pero es multidireccional y diría que bastante universal. Además, un país mediterráneo como el nuestro, de herencia milenaria y multicultural, nunca ha destacado por su racismo. Entonces, ¿cuál es el interés por ahondar en este relato? Creo que inhabilitar toda crítica legítima hacia un modelo migratorio fracasado y hacia formas de violencia religiosa foránea que destruyen nuestro modelo social, cosa que el globalismo desea.
Tener una postura antirracista no debe llevarnos a silenciar y blanquear la violencia y la discriminación propias de otras culturas. Aquí, donde tanto hemos avanzado sobre el machismo, sería estúpido, o malintencionado, dejar que el islamismo implante de nuevo la dominación sobre la mujer. Silenciar que las mujeres musulmanas en Lavapiés están encerradas en casa por sus maridos tiene muy poco de progresismo y mucho de racismo. Aducir una supuesta tesis cultural, defensora de la diversidad de costumbres y creencias de los migrantes, mientras se disculpa o silencia el maltrato y su violencia estructural, es una postura que esconde un cinismo y una doble moral muy retorcidos. Invocar islamofobia cuando se denuncia la imposición de costumbres retrógradas, posturas intransigentes o flagrantes delitos, dependiendo de la raza o la religión de quien las efectúe, es lo más racista que podamos imaginar y deja el paso libre a los auténticos oscurantismos y fascismos.
La mayoría anhelamos un mundo justo y sin fronteras donde todos podamos vivir en paz. Pero no somos ingenuos y eso solo llegará con la distensión de conflictos internacionales y el avance hacia sociedades más justas en todo el mundo. No hay solución abriendo unilateralmente las fronteras de un país sabiendo que esos contingentes solo serán absorbidos por los barrios más humildes, desatando una guerra de pobres contra más pobres. Ningún migrante será acogido en la urbanización Prado de Somosaguas.
Y no confundir el permiso de tránsito con otorgar la nacionalidad a todo el que la pida sin verificar el más mínimo requisito. Pedir garantías para salvaguardar el nivel de derechos sociales alcanzados, luchar contra la impunidad de los delitos, exigir el respeto estricto a los valores democráticos a cualquier persona, sea cual sea su procedencia, o caer en cuenta de que el radicalismo islámico nunca aceptará una sociedad laica en la que libertad y la igualdad prevalezcan por encima de un régimen teocrático… Todo esto es lo menos racista que existe.
