Opinión

Admiradores de boquilla

By 4 de septiembre de 2026No Comments

Alejandro Flórez-Estrada Vergara

Lavapiés está enfermo, y eso me entristece por el cariño infinito que le tengo, ya que en sus calles se hallan mis raíces y mi identidad, la razón de lo que soy y la convicción de lo que siento. Una tristeza que aumenta cada vez que Lavapiés es ensalzado y hasta idolatrado por grupos de admiradores de boquilla que no ahondan en ningún problema barrial, que prefieren el relato hueco porque en el fondo les importa un bledo saber cuáles son los temores y las necesidades reales del vecindario. A todos estos presuntos enamorados del barrio se les llena la boca hablando de un Lavapiés transgresor e insumiso, pero luego, a la hora de perseverar en la lucha vecinal, reculan, desisten, como si de repente la rebeldía perdiera su sentido. Qué paradoja la de este lugar: tiene cientos de defensores y, sin embargo, se encuentra desatendido.

Por aquí hay gente muy generosa que ayuda sin reservas al prójimo, que da lo mejor de sí con absoluta honestidad, pero también nos topamos con listillos que ejercen el postureo para fingir que hacen algo provechoso por el barrio. Lo malo es que la realidad muestra que, pese a la generosidad de algunos, los problemas se van acumulando y nos estamos habituando a que se enquisten y no se resuelvan. Por ejemplo, antes no aceptábamos que hubiera personas tiradas en la vía pública, abandonadas a su suerte. Nos enfadaba ver semejante imagen que atenta contra la dignidad humana, pues nadie merece subsistir en condiciones tan infames, y ni en broma se nos ocurría normalizar la miseria y menos aún romantizarla. Ahora, en cambio, asimilamos los focos de indigencia como parte del paisaje urbano.

Lavapiés demanda soluciones, aunque los elogios que le dedican sus admiradores de boquilla edulcoran sus defectos. Es fácil envanecerse ante tanto halago y, perdida la objetividad, repetir como loros el mantra de que este es el sitio más acogedor y subversivo del mundo. Sacamos pecho porque al parecer somos geniales, incluso nos tienta creer que la inseguridad y otros males que padecemos son exageraciones de los catastrofistas. Para dejar clara nuestra devoción por Lavapiés, recurrimos a la emotividad, a arengas en las que nos ponemos muy solemnes y juramos que defenderemos el barrio a muerte y que nadie va a sentirse marginado en él, pero sin explicar cómo lo plasmaremos en el día a día y sin haber apuntalado un auténtico movimiento vecinal a la antigua usanza que asuste al poder y hasta se dé el gustazo de doblarle el pulso.

Corren tiempos feos para nuestros barrios populares, pues un curro normalito ya no te salva de las penurias y vivir de alquiler te deja a merced del desahucio, pero quiero pensar que aprenderemos a ser resolutivos frente a la adversidad. Que volveremos a desafiar a los buitres y los políticos indecentes que, en el colmo de la obscenidad, de nuevo mercadeen con la vivienda protegida. Que desenmascararemos al acomodado postureta que pontifique, simulando indignación, sobre pisos turísticos y gentrificación, y luego contribuya con su proceder hipócrita a vaciar el barrio de vecinos humildes. Que impulsaremos iniciativas ciudadanas basadas en el compromiso sincero y una democracia participativa real. Decimos que adoramos Lavapiés y que nos implicaremos a tope en su bienestar, pero a menudo solo teorizamos y racaneamos con las acciones que mejoren la vida del vecindario.

Lavapiés sufre el declive del comercio tradicional y, además, soporta el trapicheo de drogas y un incivismo causante de que no nos libremos de la suciedad. En sus plazas se echan en falta más actividades sociales en las que nos podamos al fin mezclar sin filtros ni prejuicios, y así presumir, esta vez sin tirarnos ningún farol, de que somos de verdad el epicentro de la interculturalidad. Lo cierto es que el barrio se ha degradado en exceso, y todo ante la desidia y la ineptitud de unas autoridades carentes de buenas ideas y la poca unión del maltrecho tejido asociativo de nuestro amado Lavapiés, un lugar especial dejado de la mano de Dios y los mortales. Lo queremos mucho, sí, sí, pero hay que demostrarlo con hechos y no con pomposas declaraciones de amor.