Opinión

Accidentes ‘in itinere’ IX

By 4 de septiembre de 2026No Comments

Matías Kítever

Pues bien, Paiason compró el restaurante del Barco por peniques. Como dicen, la desgracia de unos es la dicha de otros. A pesar de que la gran mayoría de los musitanos esperaba una respuesta del Gobierno para resolver situaciones como la de Reinaldo, las autoridades locales les dieron la espalda y se rindieron al credo del goteo. Migajas siempre habrá, se oía decir en las calles de Muso, lo importante (ja, ja, ja, ja, ja, ja), lo importante es que no falte nada en nuestra mesa, la gente vivirá bien de las sobras. En esa mesa había varios representantes de la inversión extranjera. Ya tuvimos ocasión de mencionar a los de la Roca Negra, que se encargaron de obras como la remodelación del puerto, la ampliación del periférico y la restauración del caso antiguo. Años después fue evidente para todos que la riqueza se quedó en pocas manos. Ahora, ese desplazamiento hacia la economía del sector terciario, esto es, de la prestación de servicios, tuvo consecuencias inesperadas en la sociedad musitana. Por ejemplo, si la comida fusión, correlato del multiculturalismo liberal, promovía tácitamente la integración a través de la variada oferta gastronómica, por otra parte, la exaltación de la comida musitana, “el cocido musitano”, fue utilizado como herramienta de propaganda política. Este tipo de iniciativas habilitó los discursos conservadores y nacionalistas que hacían un llamado a la recuperación de los valores locales. Como si Muso, por su historia económica, no hubiera sido siempre un lugar de encuentro para diferentes pueblos. Estas narrativas fueron interpretadas como una pérdida de sentido inherente al auge del turismo. El racismo fue el único recurso disponible para sanar el duelo sufrido por los habitantes de Muso a medida que los barrios y comunidades vecinales se iban desmembrando. La existencia de personajes como el Guiri sintetiza bien las contrariedades del sector. Cada vez que uno de estos personajes entraba al restaurante, el Capitán se acercaba a la cocina para asegurarse de que redujera las cantidades. Incluso si debía usar ácido cítrico en vez de limón para el ceviche, me decía, no lo notarán, no te preocupes.

Nada en Muso estaba preparado para acoger una marea de turistas hambrientos y fisgones. Nada en Muso estaba listo para recibir esta voraz oleada de hordas sin sosiego. De acuerdo con el informe anual del Observatorio de Enfermedades Profesionales (MNP), y después de ocho temporadas, la ciudad reportó el mayor incremento de bajas médicas de la región. Las atrofias musculares y problemas musculoesqueléticos aparecían entre las principales razones. Lo que no se mencionaba en este informe, como lo señaló la militante Ana Ciatis en su artículo “La olla a presión”, publicado en el Orgullo Musitano, era el número de bajas relacionadas con la ansiedad, la depresión o las enfermedades mentales. Mientras los empresarios del sector se quejaban de la negligencia de los médicos, que concedían bajas sin reparo, la industria farmacéutica hizo su agosto en Muso. Estamos ad portas de convertir a Muso en el museo viviente de cuerpos dañados más grande del continente, señalaba A. Ciatis. Estamos normalizando el sufrimiento. Miles de personas viven ancladas al canapé deseando el próximo lorazepam y babeando delante de la pecera. En esta ciudad de temporadas, las promociones están diseñadas para recuperar los miserables salarios durante el tiempo que dura la pausa entre un servicio y el otro. El corte es brutal. El turismo puso en evidencia tres modelos de sociedad: aquella de los que heredaron, una más que hace fila delante del elevador social y la del precariado.

Hace poco encontré una lagartija en el lavaplatos. Sentí tristeza, primero por ella, después por todos los animales que escapan al fuego y finalmente por los que contamos los minutos mientras el ventilador está prendido.