Federico Gutiérrez Cifuentes
Polis y cacos es el título de la novela escrita por Paloma Bravo y que hace unos días recomendaron en un programa de radio. Ya la tengo. Confieso que todavía no la he leído, pero lo haré más pronto que tarde. En la entrevista mantenida con la autora, me llamaron mucho la atención las vivencias interiores que perduran en el tiempo y que tienes que sacar a la luz para poder cerrar heridas tanto físicas como mentales. En definitiva, cerrar el círculo, por muchos cursos que pasen.
Polis y cacos, el pilla pilla, el rescate, o cualquier otro nombre que una mente de doce años tenga a bien catalogar, era un juego de niños, con unas reglas muy básicas, pero que ya empezaban a marcar un carácter y, sobre todo, cientos de estrategias. Aunque a veces, muchas, el pez grande se comía al chico, más por fuerza que por astucia.
Recuerdo perfectamente mi periodo escolar y, sobre todo, entre los doce y los catorce años, en sexto, séptimo y octavo de EGB. Cursé estudios en el colegio La Salle-La Paloma entre mediados de los 70 y principios de los 80. Los curas y, sobre todo, los profesores, seglares en su mayoría, te enseñaban las materias necesarias para subsistir, pero sobre todo había una que no estaba en el programa escolar y se te quedaba grabada como el padrenuestro, y sí, efectivamente, a fuerza de golpes. En esa materia todo valía: la regla, la cadena del silbato, los nudillos en la coronilla, el tirón de patillas, el golpe seco en los hombros o el lanzamiento de borrador, y el profesor de sexto medalla de oro de las Olimpiadas Lasalianas. Pero el mayor dolor no era el del golpe: era el de la vergüenza, el de las risas y chanzas de los demás malasombras. Y, claro, al malote, al abusón, a ese no le gustaba para nada ese tipo de afrentas porque, además, coincidía con que era el más damnificado. ¿Por qué sería?
Yo fui malote y abusón, y no trato de pedir perdón ni fingir arrepentimiento. Hoy soy muy consciente de que hice mal en alguno de mis compañeros; pero, aunque algún hater no esté de acuerdo, en aquellos años a muchos nos entrenaron para que sobreviviéramos a costa de los menos fuertes. Con la edad escolar no calibras las consecuencias de tus actos, ni siquiera eres lo suficientemente consciente de lo que haces porque incluso algunos más tibios refrendaban tu maldad y te convertían en héroe, y lo más: amigo por interés.
Hoy, cuando veo imágenes de bullying en escuelas e institutos, se me ponen los pelos como escarpias. La única diferencia entre los 80 y ahora es que, además, se deja constancia de la maldad grabada con un móvil de última generación y las consecuencias son mucho más fatales. Un niño y una niña de antes no son diferentes a los de ahora. Los medios, sí.
