Miguel Ángel Carreño Jiménez
Sigue sorprendiéndome cómo Pedro Sánchez ha secuestrado un partido histórico como el PSOE y cómo muchos socialistas, ya sin principios ni razón, justifican las tropelías de su amado líder. Un culto a la personalidad, un silencio y una fe en Sánchez como referente del socialismo difíciles de entender. Los más afectos al degradado sanchismo sentirán que es el único que nos puede salvar del auge de la ultraderecha, mientras Tezanos infla a Vox en sus encuetas.
Sánchez ha sabido adaptarse para ascender en la carrera política, importándole muy poco qué ideología adoptar, sacando partido de las situaciones desfavorables (como los grandes tiburones financieros) y siendo muy práctico al prescindir de cualquier moral. Para salvar su propio pellejo no ha dudado en dejar tirados a sus compinches más próximos que le catapultaron al poder. Lo suyo parece una historia de ambición desenfrenada al servicio de intereses globales.
Pedro Sánchez se ha convertido en todo un ejecutor de los postulados de la gobernanza económica mundial por encima de los derechos de los ciudadanos y de la soberanía nacional. Su eje político radical, igual que en la UE, es la Agenda 2030, que aparentemente aboga por los derechos humanos, la igualdad, la inclusión o la sostenibilidad, pero que en la práctica acarrea el empobrecimiento de la mayoría, nos iguala en la pobreza, destruye la clase media, criminaliza modos de vida arraigados, promueve la confrontación social basada en las diferencias, destruye ecosistemas y propaga conceptos del peor neomaltusianismo que favorezca la despoblación que facilite el control de los recursos naturales a una élite global. España ha devenido en ariete internacional del globalismo y en país experimental de esta ingeniería social.
Afiliado al PSOE desde 1993, su espaldarazo político comienza en Nueva York en 1997, al empotrarse con Carlos Westendorp (amigo de sus padres) en su equipo de Naciones Unidas para Bosnia y Herzegovina tras la guerra. Desde 2009 aparece en el National Democratic Institut, financiado por Soros, fundado por Madeleine Albright y ligado al Partido Demócrata de EE.UU. Luego participó en misiones como observador internacional por la Open Society Foundations de Soros.
Cuando oigo hablar a mucha gente de izquierdas de multimillonarios solo mencionan a Elon Musk. Deben desconocer que hay otros y los constantes flirteos de Pedro Sánchez con filántropos (multimillonarios con tanta riqueza que les avergüenza su poder) como George Soros, sin tiempo suficiente para gastar su fortuna, cuyo mesianismo le lleva a interferir en geopolítica y en la soberanía de los países. El secretismo de las 5 reuniones mantenidas durante estos años con George o Alexander Soros (su hijo y sucesor) es revelador. Pedro Sánchez también ha priorizado sus reuniones 3 veces con Larry Fink, primer ejecutivo de BlackRock, el mayor fondo de inversión del mundo con 14 billones de euros en activos y con una penetración total en las empresas del IBEX 35. Pedro Sánchez tiene especial predilección por reunirse con filántropos como Bill Gates, a cuya alianza vacunista (GAVI) vamos a donar 130 millones de euros en 4 años. Parece que Bill no es médico, antes era informático y ahora inversor de impacto, dedicado a imponer políticas sanitarias a los gobiernos y calendarios vacunales delirantes junto a un tal Tedros, de la OMS, cuya subordinada Mónica García le ha regalado 60 millones de euros de dinero público. Esta es la «ciencia» que dicta Pedro Sánchez y que parece que hay que apoyar ciegamente para ser de izquierdas.
No necesitamos que Pedro Sánchez nos salve del fascismo.
¿Puede haber algo más fascista que impedir la libertad personal para decidir sobre el propio cuerpo, la salud, y coaccionarnos para inocularnos una sustancia en fase experimental, sin garantías sanitarias, sin consentimiento informado, sin responsables, y que no servía para lo que decían?
¿Y someter a los dictados del gobierno a la mayoría de los medios de comunicación, al CIS, al Tribunal de Cuentas, a Indra, a Correos?
¿Y romper la división de poderes poniendo al dictado del ejecutivo a fiscales, jueces, Tribunal Constitucional, Policía Nacional, Guardia Civil?
¿Y el control social mediante la vigilancia y la ingeniería social que siembra permanentemente el miedo, el odio, la división y el sentimiento de culpa?
Ser cómplice de la degradación de los mecanismos democráticos solo abre la puerta a la tiranía, sea cual sea su signo político.
