Riday Abdur Rahaman
Me levanto todas las mañanas pensando que no voy a malgastar mi tiempo. “Hoy será un día en el que tome buenas decisiones”, me digo a mí mismo forzando una sonrisa como el Joker de Joaquin Phoenix. Pero me cuesta mucho hacerlo. ¡Maldito sea el día en que me dejaron a cargo de mi propia vida! Todo sería más fácil si pudiera simplemente decirle a mi cerebro “haz esto y luego lo otro” y que de verdad sucediera. También me gustaría que la gente me dijera lo que hacer. Y que me lo repitan un par de veces por si acaso, por muy condescendiente que suene, si no se me van las cosas. Podría preguntarle a la inteligencia artificial que tome decisiones por mí, pero bastante he abusado ya de la IA como para que también tome las riendas de mi vida. Podría incluso lanzar una moneda al aire, pero no me arriesgo a soltar un euro por las calles de Madrid. Hay mucha gente que toma decisiones a diestro y siniestro. Otros que miran hacia sus superiores, como críos que buscan la aprobación de sus padres para ver si están a punto de hacer lo correcto. Creo que tomar decisiones es una tarea inmensa, y no me extraña que afrontar cada decisión se convierta en una pequeña crisis existencial.
Aunque suene como algo simple, tomar decisiones no es para nada algo simple. Se supone que, con la cantidad de situaciones desesperantes con las que me he topado hasta ahora, debería tener cierta facilidad para reaccionar a las tareas del día a día. Quién sabe si la vez que me empujaron en la calle podría haber dicho otra cosa en vez de “perdón” a quien me empujó. Siempre que me pasan estas cosas me pregunto qué haría alguien más ilustre que yo en ese momento. Por ejemplo, ¿qué haría Gandhi si, al llegar al Mercadona, viera que su marca favorita de cereales está agotada? ¿Cómo afrontaría Leonardo DiCaprio tener que repetir una y otra vez las explicaciones en clase? O mi pensamiento más común, ¿qué haría el Cid Campeador si le quedara solo el 8% de batería en su móvil? ¿Se pondría a leer o se pondría a juzgar a los demás pasajeros del tren? Cualquier personaje que me imagino solo sirve para distraerme del momento de la verdad. Yo soy el que toma las decisiones y debería ponerme a ello.
Cuando me fijo en la clase de decisiones y trayectorias que he tomado en mi medianamente corta y moderadamente privilegiada vida, creo que, en vez de decisiones difíciles, mi vida está más bien cargada de decisiones absurdas. Esta es la única forma que tengo de afrontar la realidad. Porque a quién se le ocurre trabajar de profesor en un país donde una camiseta de fútbol tiene más prestigio que la educación pública. El absurdismo es la única opción para quienes quieren vivir en este mundo con total libertad. En esto estamos de acuerdo Camus y yo. Si de verdad quisiera hacer algo que valiera la pena, tal vez le haría caso a mi pereza y no haría nada. Pero esto es una trampa mental. ¡No tomar decisiones es una decisión en sí!
También es que tomar decisiones o no es algo que asusta. “¿Y si me equivoco?”; “¿Y si no llego a tiempo?”; “¿Y si digo lo que no es?”. Ojalá pudiera convertirme en alguien con confianza en mis propias capacidades, como los políticos que mienten delante de las cámaras. Quiero ser alguien que siempre toma las decisiones correctas. Alguien que no tenga miedo a decirle “no” al que reparte panfletos delante del metro. Alguien que escoge una ruta y no tiene que cambiarla tres veces antes de llegar al destino. Pero todo esto son bobadas que pienso para buscar consuelo, una vez más, en mi imaginación. Admito que lo primero que tengo que hacer es deshacerme de Gandhi, de DiCaprio y del Cid para retomar el control de mi vida. Debo poner al mando a quien importa de verdad, a mí mismo, yo, Riday, pues soy YO quien toma las decisiones. A la próxima puerta de “empujar/tirar” que vea voy a darle un buen empujón, para que se entere la gente. Pero, antes de hacerlo, tendré que mirar de reojo a mi madre a ver si le parece bien lo que estoy haciendo.
