Laura Fernández Díaz
El señor habla por teléfono, pero grita tanto que la conversación ha dejado de ser privada y se ha convertido en un asunto de interés público.
—¡QUE TE ESTOY DICIENDO QUE EL MARTES NO PUEDO!
En Embajadores hay mañanas en las que una siente que atraviesa una obra de teatro en la que nadie ha repartido el guion. Casi todos parecen saber adónde van. Yo no. Iba a comprar pan. Ese era el plan, antes de que Madrid decidiera entretenerme.
Una mujer sale de una frutería con dos bolsas que parecen contener el PIB de una pequeña república tropical. Se para en mitad de la acera, mira el teléfono y empieza a buscar algo. Detrás esperamos tres personas. Ella busca; nosotras esperamos.
—¿Por aquí se va a Lavapiés?
—Por ahí —le indico.
No da las gracias.
Más adelante, tres niños juegan en la acera. Uno habla con su madre en español, se gira hacia otro y cambia de idioma sin pensárselo. El otro le responde en una mezcla que parece imposible. Los miro y pienso en por qué los adultos ponemos nombre a cosas que ellos resuelven jugando. Quizá convivir sea más sencillo cuando todavía no hemos aprendido a levantar tantas fronteras.
Nadie hace nada extraordinario. Uno compra, otro trabaja, otro echa una mano. Quizá una ciudad se construya así: con miles de personas haciendo cosas normales.
Aquí las vidas se cruzan todo el rato.
Madrid parece diseñada por alguien con demasiadas ideas y ningún plano. Las plazas están llenas de niños, mayores, estudiantes, trabajadores, turistas, vendedores, perros con más vida social que algunas personas y gente esperando a alguien que llega tarde. Una familia ocupa una mesa de la terraza: la abuela habla con los nietos, los nietos miran el móvil y el padre intenta que alguien coma antes de que todo se enfríe. Cada cual está en su mundo, pero todos comparten el mismo ruido.
Los bancos son una de las grandes instituciones democráticas de la ciudad. No preguntan cuánto ganas ni de dónde vienes. Te sientas y ya está. Bueno, siempre que haya sitio, porque en Madrid hasta la democracia tiene problemas de aforo.
Pero basta caminar unas calles para que la postal cambie. Hay rincones donde la ciudad parece cansada: portales deteriorados, suciedad acumulada, colchones apoyados contra una pared, personas durmiendo en la calle. Y lo peor es que acabamos incorporándolas al paisaje con una normalidad que debería molestarnos más. Quizá porque no sabemos qué hacer y tampoco queremos saberlo. Madrid consigue que incluso lo incómodo parezca parte del mobiliario urbano. Me impresiona que una ciudad tan llena de vida consiga que algunas personas desaparezcan delante de nuestros ojos. Pasamos junto a ellas y seguimos con nuestros recados.
Sigo hacia Tirso de Molina y el barrio vuelve a cambiar de humor. Aparecen terrazas, bicicletas, conversaciones y camareros con esa expresión de quien lleva tres horas intentando entender a la humanidad.
Más adelante, en La Latina, una pareja camina cargada de bolsas.
—Te dije que solo necesitábamos leche.
Él mira las bolsas. Yo miro las bolsas. Hay un silencio diplomático. La leche, evidentemente, está dentro de una de ellas y parece haber desencadenado una guerra.
Me siento un momento en un banco. Miro pasar a la gente y pienso que quizá eso sea un barrio. No los edificios, ni los bares, ni las tiendas, sino la cantidad de veces que una se cruza con alguien sin conocerlo y, aun así, acaba reconociéndolo: el señor del teléfono, la mujer de las bolsas, los niños que cambian de idioma mientras juegan, el camarero, el vecino de toda la vida, la persona que duerme en la esquina.
Al final, todos compartimos las mismas calles, aunque no las vivamos de la misma manera. Quizá el barrio sea eso: el espacio que hacemos entre todos, incluso sin darnos cuenta.
Miro el reloj. Tengo que irme.
El pan. Se me ha olvidado.
Me levanto del banco y vuelvo hacia Embajadores.
Al final no he comprado nada, pero he recorrido medio barrio. Supongo que eso también cuenta como hacer la compra.
En Madrid nunca se sabe con qué va a volver una a casa.
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