Opinión

La degradación nos invade

By 12 de octubre de 2026No Comments

Eduardo Levaggi Mendoza
Si bien el artículo del mes de septiembre en esta sección parecía irónico y, por lo tanto, humorístico, en realidad era un desesperado grito de auxilio muy en serio por lo que estamos viviendo. No podemos suponer que en la historia de la humanidad no ha habido tergiversaciones o directamente hechos inventados y que solo es un fenómeno contemporáneo, pero todas las falsificaciones tienen características comunes: siempre apelan al desconocimiento del que escucha y a su falta de interés por ahondar en este tipo de disparates.
Entre las más estrambóticas es la mención, en el programa Horizonte, de que en la ciudad de Tánger los habitantes cuelgan botellas llenas de orín en los portales. Dichas botellas están rellenas con agua y cúrcuma para ahuyentar perros y gatos. En el contexto de la crisis de Ceuta, afirmaciones de este calibre tienen el propósito de generar más rechazo.
Por otra parte, no existen actualmente procedimientos claros para ejecutar las normas. Por ejemplo, a pesar de haberse votado la Ley 2/2023, se continúa denostando y desprestigiando a los denunciantes de malas prácticas en el sector público, tres años después de haber sido votada. Se inician juicios a partir de recortes periodísticos, pero no se da lugar a procedimientos que se presentan con documentación oficial. La seguridad jurídica se ve gravemente afectada y, además, imposibilita la divulgación de la verdad. Se prolonga en el tiempo la cobertura de noticias que son humo y, en cambio, desaparecen hechos con base documental que se rechazan o duermen durante años el sueño de los justos. Aumenta la degradación, y las mentiras se acumulan desde varios entornos: redes sociales, programas televisivos, resto de la prensa y de los órganos en los cuales reside la soberanía. Todas las inexactitudes, falacias, bulos son amplificados en las manifestaciones ciudadanas que se hacen eco de toda esta (des)información, consolidando la mentira como verdad. Otro factor para que se muestre tanta impunidad es casi la certeza de que la sanción o el castigo para estas situaciones presenta tantos obstáculos para prosperar que propicia un aumento de ellas. Asimismo, los comunicadores saben que las condenas por difundir mentiras solo les cuestan sanciones pecuniarias, pero jamás menoscaban su prestigio por paradójico que parezca. Parece que mentir se convierte en algo heroico.
Cuando todo este despropósito llega al ámbito parlamentario ya casi no tiene retorno. Esta degradación de la calidad de los comunicadores, especialmente en la televisión, también se traslada a las sedes parlamentarias, en las cuales la mentira, el dato falso, el insulto y la falta de propuestas llevan a una rebaja de la calidad de la actividad parlamentaria, aunque se supone que sus integrantes poseen una cualificación alta y una conducta moral observante de las normas por las cuales nos regimos.
Del uso de las palabras se ha pasado a actitudes corporales, llegando a límites insospechados. En sede parlamentaria nacional, que debe ser sagrada en contenido y formas, uno de los integrantes, en este caso del Congreso de los Diputados, alzó un bote de gas pimienta, considerado un arma, y se le ha instado a salir del hemiciclo. Este circo sustituye a la falta de propuestas y tiene por único objetivo degradar el debate. No hubiera pasado a mayores si no fuese porque este hecho derivó en doce intoxicados y el cierre del comedor. ¿Qué será lo próximo?
Esta degradación, que no es inocente, tiene causas claras: los tertulianos y los “periodistas” perciben que tienen el aval para mentir por una audiencia cada vez mayor que los respalda, y los políticos sentados en las cámaras autonómicas y nacionales no han caído del cielo: son el producto de los votos directos y de todos los votos nulos y blancos, así como del absentismo. Por lo tanto, de todo esto somos responsables, de la existencia de tanto miserable.

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