Carlota Magdaleno Ruiz
Hay tanto agobio educativo antes y después del bachillerato sobre educación superior y qué campo escoger, pero, lo que más, qué no coger: nada que no sea la universidad, no vayas a tomar el mal camino. Todas esas familias que se agobian por si sus retoños tendrán los puestos laborales tan ansiados y que no se deslomen en determinados curros y, a poder ser, que tengan un nombre laboral tan molón que las marujas piensen: “¡Mira, qué chulada lo que consiguió!”.
Antes de nada, vamos a separar las cosas por lo que son: en el insti, siempre vi que había juventud que ya tenía un nivel de inglés de infarto, en matemáticas, en lengua, y sucesivamente. Esto no es razón para decir “mejor no hago nada, estos ya lo van a tener todo”. Más bien es “¿qué explica esas diferencias?”. ¿Es porque me mato menos que ellos todas las tardes a estudiar? ¿O es que parten con ciertas ventajas que yo no tengo y posiblemente no las llegue a tener? He llegado a pensar que era casi en exclusiva una cuestión de capacidades; pero, cuando he visto ofertas laborales que consistían en atención personalizada para adolescentes en diversas materias de conocimiento, me ha hecho sospechar. La confirmación definitiva no la tengo, pero sí sé del fenómeno de polarización del empleo en España. Y para verificar que no estaba teniendo alucinaciones sobre mis dificultades laborales, me dio por consultar lo que CaixaBank había publicado al respecto. Dice que la destrucción de puestos de trabajo en sectores con salarios medios, o sea, de clase media, se entiende como polarización de la ocupación y esta se acompaña con una mayor relevancia de la ocupación de la franja salarial baja y la alta. Añade que esto ocurre en los países desarrollados y que una de las grandes explicaciones es que las tecnologías han disminuido la necesidad de trabajadores que hacían tareas rutinarias que ahora pueden ser mecanizadas fácilmente y, a su vez, ha aumentado la demanda de puestos que tienen margen sobre la tecnología. ¿Y cuáles son? Pues lo que de momento no puede hacer: cosas manuales o interpersonales. Me pareció que faltaba información, así que eché un ojo a un estudio sobre polarización y riesgo de automatización que usó la base de datos del INE.
El trabajo en España en 1994 se distribuía de esta manera: 29,19%, cualificación baja; 46,97%, media; y alta, 24,84%. Evidentemente, población activa, no que esté desempleada, sin casa o en la otra punta del planeta, aunque tenga la nacionalidad española.
Si nos acercamos a la época actual, los resultados cambiaron a 33,25%, 31,36%, y 35,39%. Si alguien sigue creyendo que la tecnología crea más puestos de trabajo y mejores, ¿cómo es posible que en tan pocos años haya habido tal destrucción de empleos de clase media y un aumento en los extremos? Y que no falte el lema de siempre: “Pero, si con tanta subida del SMI y las ‘paguitas’, no hay nada de qué quejarse”.
En 1995, los sueldos medios anuales eran cerca de 10.450 €, clase baja; 14.300 €, media; 30.700 €, alta. Y en 2021 han sido en el mismo orden: 18.760 €, 22.050 €, 39.080 €. Aunque hayan aumentado los sueldos, las distancias salariales suelen ser las mismas.
Por cierto, en 1995, el 15,52% de la fuerza laboral tenía educación superior y hasta el 37,43% tenía estudios primarios o no tenía. Mientras que, en 2020, el 45,71% de los trabajadores tienen educación superior, el 49,97% tienen educación secundaria o técnico profesional, y solo un 4,32% tienen educación primaria o sin estudios. Debe ser entonces cierto que si no se tiene un puesto laboral acorde es por ser cateto o por falta de más titulaciones, ya que más de un tercio de la fuerza laboral en España (35,9%) está sobrecualificado en su puesto de trabajo en el 2022. En Portugal o Suecia no llega al 15%. Debe de haber algunos que se frotan las manos cuando los trabajadores ocupan puestos laborales que requieren un nivel de formación menor del que han conseguido.
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