Opinión

¿Vivir sin emociones?

By 12 de octubre de 2026No Comments
Retrato de una persona sonriente con camiseta blanca y las manos juntas sobre fondo claro

Alejandro Flórez-Estrada Vergara

No es fácil describir cuánto emociona contemplar la Capilla Sixtina o escuchar cómo fue la Revolución de los Claveles. Una emoción es falsa y nos vuelve débiles si se deja manipular y moldear por cualquier embaucador, pero las auténticas no aceptan manoseos, nos despiertan la curiosidad dormida y nos revelan que todo lo bello es susceptible de ser admirado, todo lo que es justo y que empuja a la humanidad a construir en vez de arrasar es motivo de orgullo y grandeza, todo lo que fluye es un acicate para no caer en la indiferencia, todo lo que perdura es fruto de la energía colectiva y su generosidad. Las emociones que no chantajean a la mente ni desvirtúan la realidad son el preludio de la perspicacia, aquello que nos incita a subir la atención y saber que estamos vivos, que hay experiencias que no debemos postergar y que nos ayudan a no desconectarnos de la gente, de la vida y su complejidad, aunque a menudo nos empeñemos en vegetar.
Nos sentimos humanos por completo cuando rompemos a llorar o reír o gritar por algo que nos conmueve, ya sean los prodigios de la naturaleza, la subversión de los pueblos valientes o la genialidad de los artistas. Expandimos la mirada, deshelamos el corazón y salimos del letargo cerebral leyendo a Saramago, observando un cuadro de Frida Kahlo o sonriendo con Charlot. Como si todavía ningún horror nos hubiera maleado la inocencia, conservamos la capacidad de maravillarnos para así no naufragar entre el tedio y el escepticismo. Nos producen admiración los osados que se arriesgan por una buena causa, los destellos de una carrera de estrellas fugaces, la lucidez de ese filósofo que incomoda al poder, la inspiración de un poeta que descifra lo intangible, la amalgama de colores de un amanecer que estalla, el magnetismo de la Mezquita de Córdoba o la Alhambra de Granada… Incluso nos pueden asombrar los pequeños triunfos del día a día, esas proezas anónimas que nos impulsan a creer aún en el ser humano, pese a la barbarie instalada en el planeta desde el inicio de los tiempos.
En mi caso, también suelo emocionarme rescatando episodios de mi infancia, y espero que esa nostalgia juegue limpio y no me manipule. Me gusta recordar cuando, siendo un crío, iba al Vicente Calderón a ver a mi Atleti, y lo hacía agarrando bien fuerte la mano de papá, al que miraba de reojo y le sabía mi protector mientras bajábamos por la calle Toledo y poníamos en marcha la liturgia de aquellos domingos futboleros de las cuatro y media de la tarde. Esto es: recitábamos de un tirón las alineaciones, inventábamos mil conjuros inofensivos para gafar al equipo contrario y presagiábamos goles por la escuadra y regates inverosímiles de Gárate, Ayala o Leivinha. Pero ahora sé que no era el fútbol la razón de mi felicidad dominical, sino el hecho de compartir ese tiempo con mi padre, gozar durante tres horas de su compañía impagable. En suma, estar con él, y lo demás sobraba. Impresiona reparar en que un momento así de especial nace del amor.
Y buscar la implicación, el intento de transformación humanizadora de este mundo lleno de violencia, con la esperanza de crear una sociedad y un Lavapiés mejores. Por eso también me emociona el deseo de recuperar la resistencia vecinal, la vieja lucha barrial contra la injusticia y en favor de quienes peor lo pasan, de aquel afán común de construcción social y convivencia, y la necesidad de que nuestras voces resuenen e importen. Y honrar a los ausentes, soñar con las madres coraje que, como la mía, ya partieron a otra dimensión y a las que tanto añoramos porque eran pura dignidad y nos animaban a que no nos desentendiéramos del sufrimiento del marginado, a que rebatiéramos el relato del tramposo y nos enfrentáramos a la soberbia del canalla. La Tierra, en definitiva, gira de un modo mucho más armónico cada vez que todo lo hermoso y generoso que existe provoca emociones sin adulterar: el cielo fundiéndose con el mar, la música que nos salva del caos, los barrios que se rebelan, los pueblos que no hincan la rodilla, las obras de arte que son eternas o la solidaridad que nunca falla.
Que nada, pues, nos sea ajeno.

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