María Asunción Cobo Guardo
Algunas personas recordamos en nuestra infancia a un señor vestido con su pantalón estrecho y ajustado negro, su chaqueta y chaleco de cuadros, pañuelo blanco al cuello y su gorrilla, también llamada en lenguaje castizo “parpusa”.
El origen de este dulce, llamado BARQUILLO, se remonta al siglo IX, cuando comenzó a venderse a la salida de las iglesias.
Se dice que a veces, con la masa sobrante de las sagradas formas, completaban la masa y hacían los barquillos.
De esta forma, en los terrenos colindantes con las iglesias y con unos hornos de carbón que transportaban, eran hechos y vendidos los barquillos.
Las hostias sagradas se elaboraban en los monasterios e iglesias de la época.
La vestimenta del barquillero era diferente según el día de la semana, y era más sencilla a diario y más elegante en días festivos.
Se comenzó a vender por el barrio madrileño y castizo de Embajadores, en la zona de la fábrica de tabacos denominada la Tabacalera
Se vendían en las plazas, parques, verbenas y sitios donde hubiera bastantes personas. En zarzuelas madrileñas se hace mención a ellos.
Aún se recuerda la figura del barquillero, vestido según la ocasión, más sencillo en días de diario y más elegante en festivos. Hoy en día, cuando les vemos su vestimenta, es la misma mencionada anteriormente, con ese aire de castizo madrileño.
El barquillo consiste en una lámina fina elaborada con harina sin levadura, sal, un poco de aceite, canela, azúcar, y con aromas como la vainilla.
Se le llamó barquillo por la forma que se le daba originalmente, con moldes en forma de barco. Más tarde comenzaron a darles la forma de un canuto con estrías, como se comercializan en la actualidad.
Estos vendedores solían estar posteriormente en las fiestas populares madrileñas, como las verbenas, así como en el Retiro y en lugares donde acudían muchas familias.
En muchas ocasiones coincidían con los organilleros, también típicos de Madrid.
Decían frases como “Al rico barquillo de canela para el nene y la nena” y otras muchas, siempre con rima en su lenguaje.
Portaban un bombo, generalmente con rejilla de ruleta de color rojo, donde se jugaba a un número. Si jugaban varios a la vez y la suerte no te acompañaba, tenías que pagar el barquillo de los compañeros. Si jugaba solo uno, se daba la moneda y después de jugar te daban el barquillo, y lo peor de todo: si te tocaba el llamado clavo, perdías todo.
En la época en que los vendían los chavales de la calle, llegó a prohibirse su venta y se anunció esta prohibición con una pena de azotes.
También llevaban una cesta de mimbre donde transportaban los barquillos. La venta era y es ambulante. En su origen era un oficio para ayudar en la familia. De ahí que tengamos fotos donde los vendían los niños.
Con el tiempo se comenzaron a hacer en las pastelerías y se extendió así su comercialización.
En la actualidad, a los barquilleros los vemos en las fiestas típicas de Madrid, como son las fiestas castizas de San Isidro, de la Paloma, San Lorenzo y San Cayetano.
Los días de fiesta los podemos ver por el Retiro madrileño y los domingos en el Rastro.
Este oficio en Madrid, en la actualidad, creo que solo lo ha mantenido la familia Cañas, que va por la cuarta generación.
Hace años tuve el gusto de contactar con ellos para una fiesta escolar de un colegio de Madrid por San Isidro.
Los Cañas son una familia de varias generaciones en la venta y elaboración de este dulce de Madrid. Comentan que lo hacen como lo hacía su familia: en planchas de hierro donde se extiende la masa. Tienen su obrador en el barrio de Lavapiés, continuando con la tradición familiar de este oficio. Mantienen las planchas de hierro originales de su familia, pidiendo que no se estropeen porque, al no existir fábricas, sería muy difícil su reparación.
Julián Cañas comenzó a trabajar de barquillero a los trece años en el taller artesano de su familia y hoy, junto con su hijo José Luis, mantiene viva la tradición de este dulce madrileño.
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