Cultura

Un ‘teaser’ de 155 minutos

By 6 de octubre de 2026No Comments
Cartel de la película La bola negra con una figura vestida de rosa entre escombros

Manuel Reñones
Si algo hay que agradecer profundamente a los Javis es la capacidad de generar una expectación sin precedentes dentro de la industria nacional por un film cuyas pretensiones artísticas superan en gran medida a la comedia de tópicos o a las superproducciones híbridas de Bayona. Una campaña de marketing magistral unida al prestigio en crecimiento exponencial de los autores y los premios cosechados en festivales internacionales han contribuido a elevar la fiebre cinéfila en las salas el último fin de semana de estrenos en septiembre. Preventa agotada, multiplicación de pases, entusiasmo general y largas colas a las puertas de los cines, algo inaudito fuera de los blockbusters de Hollywood.
Después de los dos éxitos televisivos, La Mesías y Veneno, los Javis han entrado por la puerta grande del cine español, si obviamos la irregular La llamada, su primer largometraje. La bola negra constituye un proyecto multifacético y de una ambición estilística y conceptual sin equivalencia en el cine nacional de este siglo. El film es capaz de mezclar géneros, recursos estilísticos y tres espacios temporales y metanarrativos con una consistencia admirable, donde, pese a la complejidad del montaje, el espectador es capaz de seguir las diferentes narraciones sin extraviarse y sin sobresaltos o golpes de efecto. Chapó para el montador, Alberto Gutiérrez, que hace un trabajo de orfebrería, a los Javis por una dirección sólida aun por encima de todo ese circo. Chapó a Gris Jordana por una fotografía en un 35 mm palpitante, llena de texturas y volúmenes, claroscuros que la convierten en un personaje más de la película. Chapó a la primera hora del film, donde se establecen los pilares de las tres historias, de la reivindicación queer y la manifestación de grandes temas como lo son la incomunicación, la identidad y la represión de las culturas tradicionalistas. Después aparece Penélope Cruz y la película va decayendo y perdiendo el rumbo hasta los títulos de crédito. ¿Es una mala escena? No, de hecho, es bastante buena, pero lo que en Las cosas del querer está integrado en el desarrollo de la trama, en La bola negra se siente como un apósito de diseño para el lucimiento de una actriz, que para colmo culmina en un doble clímax en la siguiente escena que supone el despertar del personaje al más puro estilo videoclipero, con fuegos artificiales y cámaras lentas. A partir de este momento, las tres historias pierden cohesión y equilibrio narrativo. La que transcurre en 2017 deteriora el interés del espectador, la de 1934 baila enredándose en su propia declamación poética y la de 1937 continúa acaparando protagonismo, pero se va quedando sin historia, lo cual es un problema general de la cinta. Las premisas de la primera hora anticipan los tres finales plausibles privando al espectador de tensión y expectativa. La habilidad de los Javis por crear escenas conmovedoras está fuera de toda duda, pero llega un momento en el cual el conjunto luce como un patchwork salido de una febril noche de brainstorming, donde las ideas visuales son tan poderosas que los directores no se atreven a meter la tijera.
Ese es uno de los pecados de los Javis, haberse enamorado de su obra, construir desde la imagen y no desde el todo. La imposibilidad de ser para poder amar, que es el gran tema de la película, acaba enterrada en medio de una vorágine de postales efímeras que opacan los logros de la cinta y hacen de nuestra experiencia como espectadores un sonrojante recuerdo de un teaser de 155 minutos.

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