Cultura

Bajas presiones

By 4 de septiembre de 2026No Comments
Cartel de la película Pressure.

Manuel Reñones

Vencidas las vacaciones, inmersos en la algarabía de lo cotidiano, con la vida a punta de despertador y la cartera medio vacía tres tercios de la población infla los pulmones en un desesperado gesto por sobrevivir hasta la promesa del siguiente fin de semana. ¿Y qué podemos esperar de esa desalentadora y otoñal franja de libertad de dos días? A veces cine. Lamentablemente la cartelera del mes de septiembre lucirá un tanto escuálida, la todavía poderosa presencia de La odisea y la nueva de Spiderman han condicionado el estreno de otras grandes producciones que, por otro lado, tenían por costumbre aprovechar este mes como un buen punto de partida para retomar el ritmo de las recaudaciones después del paréntesis estival. Y lo que podría tomarse con ligero desencanto muchas veces representa la oportunidad para acercarnos a otro tipo de obras más modestas, al producto nacional o la especificad de las películas de género. Entre estas cabría resaltar Pressure o, como ha sido traducida en España, Tiempo de victoria (creían ustedes que se había perdido la costumbre de renombrar con retranca, pues no).

Tiempo de victoria tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Dependiendo del estado de ánimo antes de entrar en el cine, puedes salir medianamente satisfecho o buscando el vano consuelo posterior del entretenimiento lobotomizante de las redes sociales. La película es una adaptación de una exitosa obra de teatro del mismo nombre escrita por el actor y dramaturgo británico David Haig, que parte de un hecho histórico, fundamental en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, y que la memoria colectiva ha pasado por alto: el pronóstico del tiempo antes de una batalla. En este caso la operación Overlord, que llevó a más de 156.000 soldados aliados a invadir las costas de Normandía y que supuso, no el punto de inflexión en el devenir de la guerra, pero sí la aceleración de la derrota de las fuerzas alemanas y, mucho más importante, la distribución geopolítica de la Europa occidental, que marcará la contienda por la hegemonía mundial de dos modelos socioeconómicos, políticos y culturales en un convulso siglo XX.

Salvando las acostumbradas licencias dramáticas que poco tienen que ver con los hechos históricos, como que recluten al capitán Stagg para la misión 72 horas antes del día D, Tiempo de victoria es visualmente consistente, con un diseño de producción impecable, las escenas en espacios cerrados se complementan con exteriores descriptivos que liberan al espectador de la rigidez claustrofóbica de la obra teatral, los diálogos son precisos, enmarcan psicológicamente a unos personajes previamente serigrafiados, las actuaciones son sólidas. Brendan Fraser es cada día un actor más competente, aunque interprete a un Eisenhower ridículamente emotivo para lo que fue el metódico Ike… ¿Por qué puede no convencer a parte de los espectadores? Hacer una película de entretenimiento sobre la base protagónica de la ciencia meteorológica no es muy estimulante que digamos. Y Anthony Maras (el director) lo intenta, pero no es construir la bomba atómica. Este es su mayor hándicap, el dato curioso que determinó parte del destino de la mayor guerra de la historia no es lo suficientemente cinematográfico. No ayuda tampoco que el capitán Stagg sea el peor estructurado, ofreciendo una perspectiva simplona y arrogante de la acción dramática del personaje, ni que emane del conjunto un tufillo barato de propaganda. Ahora bien, ¿merece la pena dejarse embaucar? Si las circunstancias para ustedes son adversas, no salgan de sus casas.