Sección: Rita Hayworth (V)
Carlos Sánchez Tárrago
Mucho antes de que Rita Hayworth se convirtiera en una de las grandes estrellas de Hollywood, la historia de su familia había comenzado en una modesta calle madrileña situada entre Lavapiés, el Rastro y Embajadores. Durante las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del XX, la calle de la Encomienda se transformó en uno de los principales centros de la vida artística popular de Madrid. Allí convivieron cafés cantantes, salones de variedades, compañías teatrales y los primeros cinematógrafos.
Un artículo publicado en La Libertad en julio de 1922 describía la calle como una de las más animadas e importantes de los barrios bajos madrileños y recordaba que se había convertido en uno de los principales lugares de comunicación entre Lavapiés, el Rastro y Embajadores. El mismo texto señalaba que allí se había instalado uno de los primeros locales cinematográficos de la capital y que, más tarde, aquel establecimiento sería ampliado y transformado por sus propietarios, los señores Viada y García Criva, para dar origen al Teatro Nuevo.
Situado en el número 16 de la calle de la Encomienda, el Teatro Nuevo se convirtió muy pronto en uno de los escenarios más populares del Madrid castizo. Sobre sus tablas se alternaban cupletistas, bailarinas, humoristas y cantantes, mientras el cinematógrafo comenzaba a abrirse camino como una de las formas de entretenimiento preferidas por el público. Por sus carteles pasaron artistas como Bianca Stella, Ninón, las hermanas Rosas, las hermanas Cheray, Victoria Tegeiro de Lerma, la Cubanita, Carmita, Conchita Cayuela, Chelito o Canela, este último conocido como “el gran Canela”, músico, cantante y animador infatigable del local.
Los periódicos de la época dan testimonio del extraordinario ambiente que se vivía en aquel pequeño coliseo. El Diario Español, El Globo, La Correspondencia de España, El Liberal o El Mundo publicaban regularmente noticias, anuncios y crónicas sobre las actuaciones, los estrenos y las novedades del programa. En ocasiones, las críticas eran entusiastas; en otras, reflejaban las rivalidades entre empresarios, artistas y periodistas, en un mundo en el que la fama y el olvido apenas estaban separados por unas pocas semanas.
Frente al teatro se encontraba el Salón Concierto de la Encomienda, donde actuaban los hermanos Moros y el cantaor Niño Martínez, mientras que, a poca distancia, el Romea, el Madrileño, el Novedades, el Trianon Palace y otros establecimientos configuraban un auténtico circuito artístico en el que los intérpretes actuaban sin descanso.
Pero el verdadero corazón de aquel universo era el Café de la Encomienda, conocido inicialmente como Café de Barcelona. Sus mesas acogían a obreros, comerciantes, artistas y aficionados al flamenco, mientras en el pequeño escenario se sucedían las actuaciones de cantaores, guitarristas y bailaores. Entre sus clientes y artistas destacaron Antonio Pozo, llamado el Mochuelo, y Ramón Montoya, que llegó a hacerse cargo del establecimiento en torno a 1919.
Aquel mundo poseía sus propias reglas. Los llamados “guapos” mantenían el orden en el local y las largas veladas se prolongaban hasta la madrugada. Allí, entre aplausos, discusiones y humo de tabaco, los artistas aprendían un oficio que exigía disciplina, constancia y una relación directa con el público.
Ese fue el ambiente en el que se desenvolvieron Elisa y Eduardo Cansino antes de emprender el camino que acabaría conduciendo a la familia hasta Estados Unidos. Mucho antes de que el mundo conociera a Rita Hayworth, los suyos ya habían aprendido que el arte no era únicamente una forma de expresión, sino también una manera de vivir.
Y todo ello sucedió en aquella modesta calle de la Encomienda, donde el viejo Madrid popular escribió una de las páginas más singulares de su historia.
