Opinión

Mi vida en un taller clandestino

By 4 de septiembre de 2026No Comments

Riday Abdur Rahaman

Suena la alarma de mi iPhone 17 Pro Max falso y me levanto con ganas de ir a trabajar. Me encanta ganar dinero. Quiero ahorrar lo suficiente como para comprar mi propia fábrica de ropa, como cuentan que hicieron algunos empresarios europeos cuando vinieron aquí. Esa gente sí que sabe trabajar, no como otros. Normal que la gente vaya ahí en masa, los países del Gran Occidente son muy atractivos. Yo de momento estoy bien con mi gente por aquí. Vivo con mis padres, quienes a su vez viven en la casa de su padre. En resumen, es la casa familiar. Todos trabajamos en un taller clandestino y a ninguno le falta una sonrisa. De camino al trabajo siempre pienso en lo afortunado que soy. Sin este trabajo, no seríamos nada. Pero cuando miro los puestos de comida que hay por la calle y la gente que vende cosas a precios tirados, me hierve la sangre. Menudos imbéciles. ¡Con lo fácil que es fabricar productos baratos y subirles de precio!

Nos gusta trabajar en esta fábrica. Mi hermano dice que hace calor. Es un tonto. Tenemos ventiladores que aspiran los gases nocivos y los expulsan a la atmósfera directamente. En el taller se está de lujo. Además, tenemos agua en el bar de al lado para refrescarnos. Es cierto que el agua no es muy saludable por las toxinas que nuestra fábrica ha vertido en el río local, pero oye, agua gratis, quién soy yo para quejarme. Si algún día me quiero dar un lujo, ¡siempre podré tomar agua de Nestlé! Esa gente maravillosa está restringiendo el acceso a los manantiales para mantenerlos limpios. Se interesan tanto por nuestro bienestar que el agua natural que conservan en botellas de plástico nos la venden a precios bajísimos. Así los ingratos que somos podemos comprarla en cualquier momento y disfrutar de agua potable. Hay quienes dicen que nos están robando el agua. ¡Pero eso es imposible! El agua es de todos, ¿qué más da si unos quieren beneficiarse de otros?

En el taller, lo que más me gusta es fabricar ropa de marca. Los productos que hacemos parecen auténticos y de buena calidad. El truco está en los logotipos. Antes teníamos que bordarlos y hacerlos bien, pero ahora es más rápido. Se puede poner una pegatina, ¡y la gente lo compra como si fuera lo mismo! Mi padre me cuenta que hace años las telas eran mejores. Sí, claro, y yo soy el rey de Francia. ¿Cómo es posible que antes fueran mejores si no se fabricaban tanto como hoy en día? Las nuevas prendas que hacemos se venden como churros. Eso de la calidad no importa nada. Si la gente sigue comprando, nosotros hemos hecho un buen trabajo. Qué pena que mis jefes no me dejen llevarme esta ropa a casa. Si pudiera hacerlo, la gente del pueblo me miraría con mucha más envidia.

Es cierto que ha muerto alguna que otra persona por causas “inhumanas” o “esclavitud”, no sé qué es eso. Lo único que sé es que debemos mantener a flote la economía y, si nosotros nos paramos, ¡se para el mundo! ¿Cómo no me voy a sentir agradecido por tener esta enorme responsabilidad? Debería darle las gracias a mi jefe con la oración que le dedico a mi dios todos los días. Le pido a mi señor que, por favor, pase lo que pase, no deje que nos saquen de nuestro taller y que si fuera posible me dé un aumento. Pasar a cobrar cinco o diez centavos más sería genial. No me importa mucho pasar hambre con tal de que pueda comprarle ropa bonita y teléfonos caros a mi madre.

No existe ninguna clase de abuso que estemos sufriendo sin coste alguno. Hay quien dice que muchos empresarios se están haciendo ricos “explotando” nuestras vidas. ¿Cómo es posible que la gente se haga rica si nuestras vidas no valen nada? Aquí lo único que tiene valor son nuestros productos. Sinceramente, parecen tan limpios que ni se notan las manchas de sudor. En fin, un día de trabajo terminado, veinte mil productos hechos, vamos a cobrar nuestros treinta centavos. Sueño que, después de cinco o seis generaciones de trabajo, mis tataratataranietos puedan tener su propio taller clandestino.