Achraf Aydi
Hay un trend en Instagram que resume este verano mejor que cualquier editorial: «Si queréis venir, venid».
En serio venid, pero después de venir nadie te cuenta la segunda parte, que es donde empieza la película de verdad: venid, sí, pero venid a ser el combustible y vivir en standby.
Primero, los hechos. La última semana de julio, decenas de miles de personas cruzaron a nado el espigón del Tarajal. Interior llegó a hablar de 50.000 entradas en una noche; esa misma mañana, el Gobierno de Ceuta manejaba 2.000. En pocos días, unas 70.000 personas ya habían vuelto a Marruecos. Y hubo muertos: 88 según el Gobierno ceutí, 75 según el ministro, 11 según Rabat. Cuando ni siquiera nos ponemos de acuerdo en cuántos han muerto, algo falla antes de empezar el debate.
Si queréis venir, venid, pero antes echadle un vistazo al catálogo, que es precioso. Lo firman los influencers, esos comerciales de dudosa ética que trabajan gratis vendiendo el sueño europeo. Vídeo en vertical, música épica de fondo, el coche alquilado, la cadena de oro y el discurso motivacional de “yo lo conseguí”.
Son los grandes turoperadores de una película a medias. Porque el capítulo dos de esta aventura —el casero que no te alquila sin nómina, la nómina que no existe si no hay contrato, el contrato que es inviable sin papeles y los papeles que no llegan sin un milagro divino— no da views.
Si queréis venir, venid, que además os están haciendo publicidad gratis. Hay en España un partido —no hará falta que os dé pistas— que lleva años explicando en cada mitin, cada tuit y cada plató que aquí los inmigrantes lo tenemos todo: la paga, el piso, la sanidad, la prioridad en la lista, casi la Play. Lo dicen con tanta pasión y tanta insistencia que han conseguido algo admirable: convencer a medio Magreb de que esto es un resort con barra libre. Son, sin saberlo, el mejor departamento de marketing exterior del país.
Llevo años buscando esa oficina donde reparten los regalos. Sospecho que está en el mismo edificio donde dan las citas de Extranjería: un lugar mítico del que todos hablan y en el que nadie ha entrado jamás. Gritan «efecto llamada» mientras sostienen ellos mismos el megáfono
Si queréis venir, venid, pero venid entrenados, porque el jefe final no es el mar. Es un formulario. Lo mío no fue una patera, fue una autorización por estudios. Denegada. Recurrí por lo contencioso-administrativo y esperé como quien espera el autobús en un pueblo sin línea. Tres años. Tres años sin TIE, siendo un fantasma con recibo de la luz: existía para el casero, para el banco y para el supermercado, pero no para el Estado. El juez me dio la razón, la Administración rectificó y me concedió por fin la autorización. Y aquí el chiste, que es buenísimo: para entonces ya la consideraba vencida. Gané en los tribunales y perdí en el calendario. Aplausos.
Si queréis venir, venid, que hay futuro: yo he llegado a autónomo. Vivo en Madrid con la admisión a trámite de la regularización extraordinaria, ese papelito que me permite trabajar mientras el Estado decide si me quiere. Y pago mi cuota todos los meses con una puntualidad conmovedora, porque he descubierto la única ventanilla española que jamás falla ni se cae ni da error: la de cobrar. Esa va como un reloj suizo. La de reconocer que existo, en cambio, va en burro
Así que sí: si queréis venir, venid. Nadie tiene derecho a ponerle vallas a un sueño, aunque llevemos décadas intentándolo con concertinas. Pero venid sabiendo que al otro lado del agua no hay un cartel de bienvenida, sino una ventanilla. Que Europa no regala asilo por cruzar a nado. Que quien os promete lo contrario está monetizando vuestro riesgo, tenga acento marroquí o escaño en el Congreso. Y que la parte difícil no es la frontera: es todo lo que viene después.
Porque la frontera de verdad de este país no es la valla de Ceuta. Es una pantalla que pone «no hay citas disponibles». Esa no se salta, no se cruza a nado y no se recurre. Esa se espera. Sentados. Y sin filtro.
