María Isabel Dorado Marín
Ayer, 16 de julio, hubieses hecho 108 años, algo no tan difícil en los tiempos que corren.
Ayer, hace 90 años, estabas sólo a dos días del golpe de Estado que segó tu vida y la de tus «chaches» Paco y Agustín.
Ayer, justo cuando cumpliste 18 años, mi abuela Asunción, tu madre, ni siquiera debía intuir el horror y el dolor que se le venía encima en el breve espacio de tiempo de dos meses, con vuestra desaparición y la muerte de vuestro padre, mi abuelo Francisco, por el sufrimiento de no saber qué había sido de vosotros, de no encontraros cuando, día tras día, recorría todos los frentes cercanos a Madrid, en el intento de localizaros.
Es curioso pensar que, con mi edad, hubiese podido conoceros a los tres, pues cuando nací, en 1957, hubieseis tenido 45, 43 y tú, el pequeño, 41 años.
A cambio de eso, mi único recuerdo y conocimiento vuestro es el de las fotos que vuestra madre, mi abuela, ponía cada noche junto a las lamparillas, la vela y la imagen de la Milagrosa, rezando y pensando dónde estaríais. Eso y lo poquito que contaba de vosotros, como lo buenos que erais y lo bien que tú dibujabas. Cómo a Agustín le rechinaban los dientes con la piel del melocotón y cómo Paco, el mayor, se escondía a sus años, de vez en cuando, detrás de la puerta para chuparse el dedo pulgar. De ti decía lo bien que dibujabas; pero, sobre todo, de los tres, lo buenos hijos y hermanos que erais.
Salisteis en agosto de 1936 de la plaza de Lavapiés, después de un mitin de la Pasionaria que pusieron en el cine Olimpia, según contaba tu madre. Tú ibas con tu hermano Agustín camino de Sigüenza, donde os hicieron prisioneros. Tu hermano Paco, a Talavera, donde pierdo su pista.
Con los pocos recuerdos que me quedaron, he intentado rehacer vuestra historia, y precisamente porque nunca nos olvidamos de vosotros, llevo ya un tiempo intentando localizar vuestros cuerpos para llevaros con quienes debéis estar: vuestra madre y hermanas.
Es una tarea muy difícil, y casi como me contaba tu madre, que le decía un ángel a san Agustín mientras intentaba vaciar el mar con una concha, diciendo que era más fácil eso que el que el santo comprendiese el misterio de la Santísima Trinidad, igual también sería más fácil que el encontraros, pero no imposible, y yo creo que la vida me va a dar la alegría de conseguirlo, al menos a uno de vosotros.
Me dicen que es probable que tú murieses en Sigüenza, por el único documento que existe y en el que se te da por muerto antes de que te hiciesen prisionero (figuras en la lista, al igual que tu hermano Agustín, de los presos que llevan a Soria). No lo descarto, y obviamente intentaré localizarte en Sigüenza, por si hubiese suerte. Yo estoy convencida de que lo voy a conseguir, y no cejo en el empeño, aunque me encuentro muy sola en esta labor, puesto que tu hermano pequeño, el único que quedaba, murió el año pasado, y mis primos y hermanos, vuestros sobrinos, no quieren saber nada del tema. Por este motivo, si de verdad estáis en algún lugar desde donde podáis ayudarme, tenéis que hacerlo, no podéis dejar de hacerlo, para que os encuentre y pueda cerrar el círculo.
No sé qué me ha movido a escribirte, surgió como una necesidad, movida por el recuerdo de tu reciente cumpleaños. Tal vez no sea casualidad, y sea la premonición de encontraros, el tiempo lo dirá.
Mientras tanto, donde estéis, cuidad de los que seguimos aquí y, como seguro que mi madre, vuestra hermana, está con vosotros, decidle que la quiero y que me ayude también a localizaros.
Hasta siempre.
Nota de la autora:
Mi tío Carmelo Marín Martínez nació en la calle Dr. Fourquet, 24, la finca cuyo solar ocupa hoy el espacio Esto Es una Plaza, en Lavapiés.
Era el tercero de los 8 hijos vivos de mis abuelos. Hermano de mi madre. Salió con 18 años recién cumplidos hacia el frente de Sigüenza, junto con su hermano Agustín de 20 años, mientras el mayor, Francisco de 22, lo hacía hacia Talavera, el 28 de agosto de 1936.
Hechos prisioneros Carmelo y Agustín, en la Catedral de Sigüenza, el 16 de octubre de 1936, son trasladados a Soria, donde desaparecen junto con otros 155 prisioneros de la catedral.
De Francisco no sabemos nada.
Mi familia les lloró y buscó toda la vida. Hoy, yo busco sus fosas.
