Matías Kítever
Para explicar los fenómenos que le dan forma a la vida en sociedad, los historiadores trabajan con conceptos que son como las herramientas que usa el mecánico cuando mete la cabeza en el motor para examinar un coche. Uno de esos conceptos es el de contexto de recepción. Este hace referencia a todo aquello que diferencia a una sociedad en un momento determinado (las relaciones con la Iglesia, el régimen político, etc.) y que determina el modo en que se adopta, digamos, una medida económica. Yo llegué a la ciudad de Muso a trabajar para el joven Paison nueve meses después de que Reinaldo Carvajal muriera. En esta ciudad no hay ruinas, pero sí muchos bares, albergues y restaurantes. La hostelería no siempre fue la principal fuente de ingresos. Antes de convertirse en atracción turística, la producción musitana dependió de la agricultura y la pesca. Una actividad económica es un tejido. Genera dinámicas específicas. El quehacer que la caracteriza favorece conexiones con otros espacios y territorios. Estimula la circulación de bienes, personas y mercancías. Impone sus cadencias y ritma la vida cotidiana. No es lo mismo tener pantallas y anuncios publicitarios quemándote las pestañas en el váter que hacer ofrendas a una divinidad y orar por el buen equilibrio entre los elementos, como solían hacerlo los musitanos dirigiéndose a Zahara, diosa de las mareas, y Almudena, diosa de la tierra. Este universo que mantenía vínculos con el más allá empezó a desaparecer con el declive del sector primario. Las leyes de protección del patrimonio arquitectónico de Muso, que, a decir verdad, no es muy relevante, han permitido conservar algunas de las estatuas erigidas en su nombre. Los primeros polígonos que dieron nacimiento a la industria militar se construyeron a las afueras de Muso en la década de los años cuarenta. Ya a mediados de siglo, las fábricas de armamento e insumos empleaban a más de la mitad de la población. La industrialización dejó su impronta en la geografía y el alma de los habitantes. Por un lado, las carreteras se abrieron paso penetrando el vientre de cerros, transformando laderas en taludes artificiales y modificando el macizo rocoso. Las primeras edificaciones de más de tres pisos hicieron su aparición y por primera vez en Muso hubo gente viviendo encima de otra gente. Se improvisaron capillas para dar misa donde antes se labraba la tierra. Dicen que la nueva costumbre entorpeció la organización de movimientos sindicalistas, de organizaciones feministas, y sirvió para vigilar a los más románticos. Cuando la industria militar abandonó la provincia, la transición fue lenta y confusa. Muchas familias volvieron a las actividades agrícolas, pero lo que nadie se esperaba, y aquí nos acercamos a la actualidad, es que los mismos ingenieros que amasaron fortuna con la industria militar fueran los encargados de promover el desarrollo de la hostelería y el turismo.
Una parte de las familias musitanas decidió lanzarse a la moda de la gastronomía tradicional. Algunos se hicieron cocineros. La gente no olvida el caso de Reinaldo Carvajal, quizás el primero en vender sus tierras y montar un restaurante. La aventura duró seis años. El negocio quebró y con él su propietario. El Banco Popular, que empezaba a invertir en la zona, embargó su local. El valor de la propiedad solo cubrió una cuarta parte de las deudas acumuladas por Reinaldo. Las otras tres partes se terminaron de pagar con la casa familiar que tenían en el campo y un seguro de vida. Esta fue la última desgraciada astucia de Reinaldo, que logró disfrazar su suicidio y hacerlo parecer como un accidente con ayuda de su mejor amigo. El restaurante en cuestión quedaba en el interior de un barco, uno de los más grandes que permanecía amarrado al puerto. Dos meses después de la muerte de Reinaldo el Banco Popular subastó el bien y Paiason, hijo del ingeniero de caminos Pierre Louis Paiason, logró adquirirlo por una suma irrisoria.
