Sospecho que soy un desfasado: me gustan los libros y los periódicos de papel, añoro a actores como Cary Grant o Audrey Hepburn, celebro un gol sin esperar el veredicto del VAR, prefiero los guateques a las redes sociales y echo de menos a los viejos sindicalistas, su irreverencia y su contrapoder. Pero, ante todo, extraño los movimientos vecinales de antaño, los cuales fueron impulsados por la izquierda barrial y secundados por cualquier ciudadano que amara su Orcasitas o su Entrevías. Era gente buena que nunca abandonaba a los más débiles.
Aquella fue una época en que los vecinos se agrupaban en masa y peleaban sin tregua por su dignidad. Esas luchas ya pasaron de moda, pero me aliviaría creer que en Lavapiés está resurgiendo de un tiempo acá el espíritu colectivo, pese a que vivamos en una sociedad reacia a tomar decisiones conjuntas y que no se atreve a contestar al sistema con la unidad y la tenacidad debidas. Sí, necesito una esperanza, que mi barrio se mueva, se agite, y que sea un intento auténtico, una confluencia de energías que ilusione de verdad y no se deje mangonear ni contaminar.
No soporto la desunión. Me harta que cada devoto se atrinchere en su relato, en su consigna, en su bucle, buscando oír solo aquello que reafirme su creencia y degradando la opinión que le incomode. Me enfado cuando cada forofo se enroca en su cerrazón, en su rollo, en la arenga facilona que excita sus prejuicios. En cambio, en los años en que empezábamos a ser libres, el sectarismo era un atraso y una protesta se gestaba en equipo en el rellano de la escalera y se bendecía en la asociación vecinal. Recuerdo a mis padres, de izquierdas a tope, manifestándose junto con cientos de indignados contra la droga que mataba a los chicos de mi generación y para exigir que nos arreglaran las aceras, nos reformaran el ambulatorio o se garantizara la justicia social; unas concentraciones en las que participaban también vecinos con quienes papá solía discutir a gritos de política, pero el amor al barrio actuaba como nexo conciliador.
Ahora en Lavapiés parece que varios colectivos se activan y se encuentran. Ese sería el camino y no cada uno anclado en su neura, en su matraca, en su dogma. Ojalá vuelvan a abundar las asambleas barriales genuinas, sin pastoreos ni gaitas, donde nos arriesguemos a hallar coincidencias entre la disparidad, una mirada desprejuiciada que nos ayudará a entender mejor los problemas cotidianos y abordarlos con criterio. Esto va de prioridades, de mentes abiertas, de rumbo combinado con sentido, de generosidad sumada a compromiso, y no que todo se base en un punto de vista cercenado y trucado, en tener miedo a debatir sin red.
Dicen los saboteadores que las injusticias son inevitables y la realidad es inalterable; que ser coherentes y solidarios no sirve de nada, es una chorrada; que ya no se estila eso tan épico de enfrentarse al poder y lograr para el barrio más viviendas protegidas, más centros de mayores, otra biblioteca donde pensar y conspirar, un autobús que no se demore, unos servicios de limpieza eficaces, unos mercados de abastos que no sean discobares y veamos de nuevo pescaderías, carnicerías, fruterías, pollerías, charcuterías… El sistema quiere la dispersión, que nos dediquemos a apuntalar nuestro muro invisible, que no nos movilicemos juntos en pro de una atención primaria reforzada, de unas calles para convivir o de unos colegios con aulas amplias para que los niños aprendan no solo los afluentes de los ríos, sino también a unirse por una causa noble.
Y una causa noble es recuperar la insumisión vecinal, luchar por el barrio al que consideramos hogar y embarcar en propósitos compartidos a personas diferentes y contradictorias. Sin embargo, según los expertos en odios atávicos y divisiones varias, hoy lo que toca es mirar de reojo al otro, el individualismo extremo, la burbuja que nos aísla y nos anula; en suma, cada cual en su soledad para regocijo de los poderosos. Pero no saben una cosa: que Lavapiés no desiste, no se achanta, no se rinde, porque sigue habiendo vecinos desfasados que sentimos este lugar.
Alejandro Flórez-Estrada Vergara
